jueves, 8 de diciembre de 2016

Richard Sennett: Carne y piedra



    En este ensayo Richard Sennett estudia el cuerpo humano y su relación con el espacio desde las sociedades antiguas occidentales hasta nuestros días.

Sennett parte dos premisas generales:

a) El cuerpo forma parte del espacio. Hay una correspondencia entre el cuerpo y los espacios urbanos. Las ciudades se construyen en relación a el modo en que las personas perciben los cuerpos.

B) En esta forma de percibir los cuerpos por parte de las personas hay una forma de poder. El poder construye las ciudades a partir de la idea que tiene del cuerpo. El poder se ejerce sobre los cuerpos, convenciéndolos y dominándolos. La política del cuerpo ejerce el poder sobre él mismo y crea a su imagen los espacios urbanos.

   La Atenas democrática tenía un alto concepto del cuerpo y la palabra. Esta última nos permitía cambiar de opinión, ser flexibles, sensibles y nos permitía interactuar y dominar a los demás sin utilizar la fuerza. Los griegos pensaban que los cuerpos de los hombres libres eran calientes y que los de los esclavos y las mujeres no podían sentir pasión porque eran fríos. Esta concepción del cuerpo y la palabra se proyectaba sobre el ágora y el teatro, que eran espacios donde el cuerpo y la palabra podían manifestarse libremente. Las palabras y los cuerpos acalorados de los oradores se mostraban en todo su esplendor aquí.

   Los romanos de la época imperial, por influjo oriental, prefirieron la seguridad y el placer antes que la palabra inflamada. Así, construyeron impresionantes edificios geométricos de piedras perfectamente ordenadas que invitaban antes a mirar y obedecer. La duda del debate griego en el ágora se sustituye por la obediencia. El anhelo de seguridad se proyectó sobre impresionantes edificios que combinaban el deseo de mirar y creer con la sumisión y la obediencia.

   Los primeros cristianos abandonaron la ciudad y se compadecieron del dolor de sus semejantes. En esto imitaban a los judíos, perpetuos peregrinos en el tiempo. El cristiano primitivo renuncia al cuerpo, lo desprecia y lo maltrata, lo que le lleva al desarraigo espacial. Sin embargo, cuando la Iglesia se convirtió en una institución poderosa, necesitó un espacio en la ciudad. Utilizó la basílica romana con suntuosos tronos y obispos. El cristianismo institucionalizado seguía renegando del cuerpo, negándolo, renunciando a la carne. Rompía así con la tradición pagana, pero sólo en parte, porque no pudo renunciar al lugar.

   Paralelamente a esta concepción cristiana de la negación del cuerpo, la ciudad medieval reivindicaba el trabajo, el comercio y la libertad política. Esta convivencia entre una iglesia negadora de la carne y una incipiente actividad comercial llevó a la contradicción entre economía y religión que aún hoy en día arrastramos. Por un lado, la economía se basa en el individuo, en la voluntad de enriquecerse individualmente, y para ello reivindica la libertad y la necesidad de no ligarse a nadie. Por otro lado, la religión nos orienta hacia vivir en una sociedad/comunidad solidaria, lo que implica crear lazos estables entre las personas. 

   A lo largo de la historia hubo intentos por solucionar este conflicto entre economía y religión. En algunos casos la represión y la exclusión fueron los medios. Así por ejemplo, en Venecia durante el renacimiento los cristianos crearon guetos en los que  recluían a los judíos porque no se amoldaba a la imagen de persona cristiana. Aquellos cuerpos que se consideraban extraños se reprimían. Pero esta forma de solución no se impuso. Se impuso un capitalismo individualista que nos lleva a sentir indiferencia hacia los demás. Ignoramos aquellos que son diferentes a nosotros (como sería el caso de los judíos venecianos durante el renacimiento), pero también ignoramos a nuestros semejantes.

   Descubrir que la sangre no estaba estática en el cuerpo sino que corría y circulaba fue determinante en el diseño de las nuevas sociales capitalistas. Se empezó a concebir la ciudad como un mercado libre en el que las personas y los productos debían circular rápido y libremente por el espacio. Así, las ciudades se construyeron pensando en el tráfico y el desplazamiento rápido. Las calles se conciben como cuerpos con arterias, venas y pulmones que permiten que la gente se desplace con facilidad. Esto nos llevó a que apenas si percibamos sensorial mente lo que nos rodea. Las calles se llenan de espacios neutrales como autopistas o el metro, que cruzamos aislados dentro de máquinas sin importarnos cómo es el espacio que estamos cruzando a gran velocidad.

   Durante la Ilustración, la Revolución Francesa y a partir de la Revolución Industrial se acentúa esta concepción de la ciudad como un cuerpo sano en el que todo fluye rápido y libremente. Se construyen espacios amplios que calman al cuerpo y lo convierten en un observador colectivo, conforme e indiferente a lo que le rodea. Así se construyó el Londres del siglo XIX, donde se utilizaba el tráfico para separar a las personas en el espacio e impedir toda reunión de los cuerpos. Y lo mismo sucedió con París, donde se fomentaba el movimiento de los individuos para evitar el de las masas.

   Y así llegamos a nuestras ciudades modernas que tienen algo de todas estas ciudades históricas y de su concepción de los cuerpos.


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