viernes, 29 de enero de 2016

Economatos del capitalismo neoliberal.



   Antaño, los pobres ciudadanos de Europa del Este tenían que comprar la comida en economatos soviéticos. Allí había un único producto de cada cosa: una mermelada de fresa, una marca de salchichas y un vino, todo con el sello del partido. Eso de elegir era despilfarro capitalista. Un amigo de la RDA me dijo una vez que lo que más les ilusionaba del capitalismo era que, con la caída del Muro, cada uno podría escoger los muebles de su casa, la ropa o la película que ver después del trabajo a su gusto. Podrían, en definitiva, escoger su propia individualidad.




   Es el cuatro de Enero. Ana y yo estamos pasando la segunda parte de las fiestas navideñas en casa de mis padres. Me he levantado tarde. Ana más. Ya hemos desayunado y estamos en el salón. Entra mi padre.
   -Ana, ¿has comprado ya lo que le voy a regalar a tu suegra? 
  -No sabía que tenia que comprárselo.
  -Pues sí. -responde él; y se va.
  Ana me mira. Yo me encojo de hombros.
  Poco después aparece mi madre.
  -Oye Curro, ¿podrías comprarme el regalo de tu padre?
  -¿Qué quieres que le compre?
  -No sé. Ve con Ana, que seguro que se le ocurre algo.
  Ana me mira. Yo vuelvo a encoger los hombros. Mi madre se va.

  Nos duchamos, nos cepillamos los dientes y en el intervalo de tiempo que se tarda en ir desde el baño a la puerta de la calle mi madre aprovecha para encasquetarnos el regalo de mi hermana, el de mi cuñada, el que le va a hacer ella a Ana y el que me va a hacer a mí. 
    
   Empezamos por el Pull and Bear. Nuestro objetivo es unos pantalones vaqueros para mi cuñado. Nada más entrar me quedo estupefacto. Todo está tirado, amontonado y revuelto, mientras cientos de personas gritan, se prueban cosas, molestan, estorban y discuten.. Las legiones romanas fueron más consideradas con la vencida Cartago. Da la impresión de que la tienda ha sido tomada por un ejército y dada inmediatamente al pillaje y la rapiña. El olor acre del azufre ha sido sustituido por la mezcla de los perfumes dulzones de los adolescentes, y el rugido del cañón por la machacante música bakalao que atruena en los altavoces. Ana me agarra del hombro y me señala una esquina en la que están los vaqueros. Apenas si nos separan veinte metros, pero llegar hasta allí no es tarea fácil. Hay que ganar palmo a palmo cada metro, asaltar cada reducto y, una vez alcanzado el objetivo, pelear con otros clientes que forcejean por ocupar tu espacio. A mí todo esto me resulta muy desagradable, no solo por la sensación de claustrofobia, sino porque hay gente sudada que me toca y eso me da mucho asco.




   Los pantalones vaqueros son todos más o menos iguales. Cojo unos al azar. 
   -Estos están bien. -digo.
  -¿Qué talla? -pregunta Ana.
  -No sé.
  -P es más o menos del mismo tamaño que tú. -dice Ana- Pruébatelos.
  La cosa es más fácil de decir que de hacer, porque hay que volver a salvar unos quince metros de campo de batalla y, si uno sobrevive a ello, enfrentarse con los modales de portero de discoteca de la chica de los probadores. 
  -¿Cuántas? -me espeta la matona esa sin mirarme.
  -¿Cuántas qué? -pregunto confuso.
  Ella me fulmina con una mirada de desprecio.
  -Prendas.
  Le enseño los pantalones que llevo en las manos. Ella me tiende un plástiquito con un número uno dibujado y nos deja pasar a los probadores. 
  -¿Eres consciente de que solo hemos traído unos? Si no acertamos con la talla, tendremos que volver a repetir toda la operación. -le digo a mi mujer.
   -Esperemos que haya suerte. -dice ella.
  Me quito mis pantalones y trato de ponerme los otros. A fuerza de meter mucho la barriga y apretar el culo consigo subírmelos, pero abrocharlos es otro cantar. Me miro en el espejo. El bandullo fláccido me cae como un flan de gelatina. Me pongo de perfil y me levanto el jersey para observar bien la dimensión del desastre. El espectáculo es lamentable. Además del barrigón, tengo tetillas y unos pelos nuevos en los pezones. 
   -Joder. Estoy como una vaca marela. -digo.
   -Ya te lo digo yo. -dice Ana.
   La miro, todo belleza, con sus enormes ojos azules y los cuarenta y pocos kilos.
   -Pero me quieres igual. 
   -No sé. 
   La convenzco para no volver a probarme otro pantalón. Cogemos otro dos tallas mayor y, en caso de que no le sirva, que venga mi cuñado a cambiarlo.

  Después del regalo de mi cuñado toca el de mi padre. Hemos pensado en comprarle una chaqueta forrada porque es muy friolero. Empezamos por Maximo Dutti, continuamos con Zara, Springfield, H&M, C&A, Primark y terminamos en Cortefiel. Todo en unas dos horas y media. Nada. Dos horas y media desperdiciadas, porque nadie vende chaquetas forradas. Al parecer las chaquetas forradas estaban de moda el año pasado. Si este año quieres algo forrado, tiene que ser una sudadera de capucha. Eso sí es fácil de encontrar. Hay sudaderas de capucha forradas en todos lados, pero sin capucha no. Y difícilmente veo a mi padre, un honorable señor de setenta y algo con una sudadera con capucha de rapero. También hay, en todas las tiendas, cazadoras de polipiel, pantalones para llevar remangados, chándals de algodón y camisas de cuadros. Pero nada más. 
   -¿Y si quiero una camisa de rayas? ¿O un pantalón de campana? -le digo a Ana.
   -Pues te jodes. 
  -Ya, pero habrá gente que no quiera ir vestido de hipster. A mí, por ejemplo, no me gustan los pantalones remangados. ¿Qué hace esa gente? ¿Dónde compra?
   -En El Corte Inglés.
   -Pero El Corte Inglés es muy caro. 
   -Ya.
   


   Al final compramos la chaqueta forrada en el stand de Fred Perry que tiene El Corte Inglés. La broma pasa de los cien euros, pero mi madre se lo tiene merecido por su pereza.

    Luego toca el regalo de mi padre. Con él tampoco voy a pensar mucho. Le compraré un ensayo de sociología/economía y listo. Vamos a la FNAC. Nos dirijimos directamente a la sección de ensayo, que es la única de la tienda que no está abarrotada. Hacía años que no iba a la FNAC. No es que la recordase como la Biblioteca de Alejandría, pero recuerdo haber comprado algún libro de David GarlandErving Goffman, e incluso uno de Löic Wacquant. De aquello lo único que sobrevive es un stand con el último libro de Alberto Garzón, el de Manuela Carmena y el de Wyoming, y dos estanterías cutres en las que se pueden ver los lomos de esos mismos libros repetidos y algún que otro resto perdido. Paso el dedo por los lomos de la sección de antropología. A los restos de Levi-Strauss, Margareth Mead y Marvin Harris han añadido un par de bobadas sobre la vida en África.
   -Pero esto es una puta mierda. -le digo a Ana.
   -A tí te gusta Alberto Garzón. -repone ella.
   -Y Jennifer Lawrence, pero de ahí a comprarme su libro va un mundo.
   -Habrá que preguntar. 
   La falta de consideración de la FNAC para con el cliente ha llegado al delirio. No solo hay una cola para pagar y otra distinta para que te envuelvan el regalo. Han diseñado una nueva forma de pesadilla que es la cola para preguntar. Me pongo allí mientras mi mujer se va a ver libros de fotografía y de cine. Veinte minutos después estoy ante un hipster con cara de oveja que mira aburrido la pantalla del ordenador. 
   -¿Qué quería? -me pregunta.
   -Un ensayo. -digo yo.
   -Ah. ¿Y sabe cuál?
   -Puedo decirle muchos.
   -¿Y no los ha encontrado en la sección de ensayo? 
   -Claro. Por eso estoy aquí. 
   Parpadea sin entender. Es evidente que el único requisito para trabajar en la FNAC es ser un modernillo. La inteligencia solo es un plus para los encargados. 
   -No. -digo.
   -Ah. -dice él- ¿Me puede decir los autores?
   -Manuel Castells y Richard Sennet. 
   Teclea algo en el ordenador y menea la cabeza. 
   -No, no los tenemos, pero puedo pedirlos si quiere.
   -Vete a la mierda.
   -¿Perdón?
   -Nada, nada.
   Si existe una antítesis de lo que se espera que sea un librero, es este hipster con cara de oveja.



   Encuentro a Ana leyendo un libro de cocina. 
  Probamos en las librerías tradicionales con idéntico resultado. Lo que antaño fue la librería que abastecía a la Universidad ahora parece la sección de libros del Alcampo. No deja de sorprenderme que con la cantidad de gente que está colgando cosas interesantes en Internet, en las tiendas solo puedan encontrarse la última temporada de Juego de Tronos o las obras completas de Julia Navarro. Al final compro La demonización de la clase obrera que lo hay en todos lados porque Owen Jones salió hace poco en el programa de Jordi Évole. 
  
   Terminamos a eso de las siete y media. Ana quiere ir a Mercadona a por una crema hidratante y de paso yo podré hacerme con una botella de vino con la que olvidar nuestro descenso al infierno de las compras navideñas. Al entrar, nos separamos para ahorrar tiempo. Voy directo a la sección de vinos. Diez minutos después Ana se reúne conmigo allí. Estoy plantado entre las estanterías sin saber qué hacer.
   -¿Qué pasa? -me pregunta.
  -Pues que en esta mierda de sitio solo hay vinos de quince euros o vinachos de noventa céntimos.
   A Ana, que no le gusta el vino, le da igual, pero a mí, que soy un borrachín confeso, me tiene muy mosqueado. La botella de Hacendado es intragable, pero tampoco tengo un paladar tan finolis como para un vino de quince euros. A mí, que no le echo cuento hablando de taninos, colores rojo cereza y sabores a roble, me basta con un vino de clase media que, por lo que parece, ha desaparecido de las estanterías del Mercadona. 
   -Cómprate una botella cara, que es Navidad. -dice Ana.
   Le hago caso, pero no porque sea Navidad, sino porque estoy hasta los cojones. 

    Este fenómeno del producto único ya me lo explicó mi amigo de Europa del Este: cuando cayó el Muro pensaban que iban a tener sus propias casas, algo que reflejase su identidad, y todos acabaron con casas de IKEA.


La casa de todos.

   
   

3 comentarios:

  1. Moraleja.Si los países comunistas hubieran puesto unas cuantas cosas para elegir de cada producto,habrían solucionado el problema,y no seríamos los esclavos del capital.

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