miércoles, 23 de diciembre de 2015

Epicureísmo del siglo veintiuno VI: Supermercados como farmacias.



   Ha llegado la Navidad. Y como todas las Navidades, Ana y yo vamos a Denia, ese pueblo de la costa alicantina donde vive mi familia política, donde dos de cada tres habitantes es un extranjero que ha decidido jubilarse en un clima cálido, y donde las Navidades son como de mentira, porque no llueve nunca y hace calor.
   Llegamos el día de las elecciones por la tarde. Saludamos a mis suegros y subimos a casa de la tía de Ana para seguir el recuento de votos en directo. Allí están las primitas y sus mariditos, todos simpatizantes de Podemos e Izquierda Unida. Nos ponen palomitas y, como tengo un hambre canina, como ansioso y no dejo casi nada para los demás. Me pongo muy contento con el resultado y me regocijo cuando un contertulio ultraneoliberal propone cambiar la ley electoral, no para que sea proporcional, sino para darle un bonus al PP que le permita gobernar en solitario. Se olvida de que para eso habría que cambiar la Constitución, esas tablas de la ley a las que se aferran para que los catalanes no hagan su referendum de independencia. Normalmente me indigno por esas cosas, pero hoy, cansado del viaje y contento por las elecciones, me hace gracia. 
    La mañana siguiente me encuentro a mi suegra en la cocina trajinando en los fogones. Realmente la historia empieza aquí. Si he contado lo de la noche anterior, es porque me apetecía darle un palo a los neoliberales. Poco después se nos une Ana y mientras desayunamos mi suegra nos cuenta que está atareadísima, que no tiene tiempo para nada y que no sabe qué va a hacer con tanto lío. Decidimos ayudarla porque es una buena señora y cocina muy bien. Ana le pide que haga una lista de la compra y media hora después, limpitos y arregladitos, cogemos el carro y vamos a Mercadona. Ana y yo, Don Quijote y Sancho, Sherlock Holmes y Watson, Lawrence y Hardy, camino del súper, ese no lugar de la modernidad tardía en el que uno puede tener la experiencia mística de nuestro tiempo.
    Dejamos el carrito atado en la regleta de la entrada. La operación, que debería durar unos treinta
La mierda en la que
pretenden que
atemos los carritos.
segundos, se prolonga durante cinco minutos porque el mecanismo de cierre con la monedita es una puta mierda. O la moneda sale directamente por el agujero de abajo o no hay dios que enganche la cadena. Farfullo, me cago en la puta en alto y cuando hay un círculo de personas a mi alrededor Ana interviene para solucionar el problema. Por fin cogemos una cesta con ruedas y nos adentramos en el supermercado. El primer producto de la lista de la compra son unos langostinos congelados. Vamos con nuestra cesta roja a la pescadería. Allí cogemos nuestro número y esperamos. En tanto que no nos atienden, observo a las pescaderas que, aunque se las ve muy atareadas, charlan animadamente entre ellas. De su conversación infiero que en Denia no tocó ni un euro en el sorteo de lotería de Navidad, cosa que les hace mucha gracia no sé por qué. Lo comentan en voz alta y hacen chistes que no entiendo, como que esperaban que por la mañana la cola en la administración de loterías diese dos vueltas a la manzana y resultó que no había nadie.  No sé que ven de gracioso en esto, a no ser que odien al dueño de la administración o estén drogadas, pero el caso es que se ríen mucho y yo no entiendo nada. Cuando llevamos cinco minutos esperando Ana toma la iniciativa.

   -Mientras esperas tú aquí, yo voy cogiendo la mermelada. -dice.
  Me parece una buena idea para ahorrar tiempo y no tengo nada que objetar. Ana se va y yo me quedo observando a las pescaderas que ahora hablan de lo que van a hacer en Nochevieja. Esto ya no les hace tanta gracia. Yo las miro y paso el tiempo entretenido hasta que llega un señor de unos cincuenta años. Es un pijo de carallo, con unos mocasines azulones con borlitas, un cinturón de diseño, pañuelo al cuello y un pin de oro en la solapa de la americana. El pijo no se corta un pelo, se salta toda la cola y le pregunta a una de las pescaderas si va a traer "marisquito bueno". Tiene esa voz nasal y un poco afeminada de los pijos. A mí me parece de gangoso, pero a ellos les debe gustar mucho, porque la tienen todos igual. La pescadera hace un gesto con el que le enseña todo lo que tiene en exposición. Hay carabineros, almejas, ostras, berberechos, nécoras y bueys de Francia. El pijo hace un gesto de desagrado con la cara. Quiere gamba roja de Denia, algo con un precio absolutamente desorbitado que marque las diferencias entre él y la chusma barribajera como yo que comemos langostinos. 
   -Ahora no tenemos, pero se las puedo encargar para mañana. -dice la pescadera.
   Normalmente soy un caguica que se amilana con cualquier cosa, pero ayer fueron las elecciones de Podemos y estoy crecido. Por mucho pañuelito de seda que lleve al cuello este aprendiz de Marichalar. Emito una tosecilla y, cuando me mira, le enseño el papelito azul con el número de turnos que tengo en la mano. Hace dos meses que no me corto el pelo, llevo pantalones y zapatillas de  montaña, y pendientes en las orejas. En su imaginarios debo ser un batasuno de carallo, así que se achanta. Sin los antidisturbios del ministro del interior no es tan chulito. Se disculpa, coge número y se pone a la cola como todo el mundo.. Pido mi docena de langostinos congelados de clase obrera y me marcho ufano tirando de la cesta roja con ruedas. 
   La salida, que me ha quedado muy digna con la reivindicación de clase y todo eso, me cuesta cara. Supongo que todos habréis estado alguna vez en un súper, por lo que no hace falta que os lo describa. Y todos estaréis conmigo en que tienen un rollo laberíntico. Hay muchos pasillos separados por estanterías que funcionan como barreras naturales, de modo que enseguida me pierdo. Doy vueltas y vueltas sin encontrar a Ana ni el espacio reservado para las mermeladas. 

Aspecto del laberinto de estanterías.

    Por entretenerme y no perder la calma, me pongo a curiosear en las estanterías y dejo a Ana la responsabilidad se que sea ella la que me encuentre a mí. Hacía tiempo que no me fijaba en los productos de supermercado, y me sorprende comprobar que no hay uno solo que no sea rico en oligoelementos, vitaminas a, b y c, omega tres, o todo a la vez. Tanta salud me intimida y, cuando llego a la zona de aseo y cosmética, constato que mi cuerpo lleno de virus y alergias no encaja en este supermercado que parece una farmacia. No pienso volver nunca más a Mercadona. A partir de ahora haré todas mis compras en el Dia o el Aldi, que tienen cajeras con uniformes sucios de mayonesa y todo tirado por ahí en cajas de cartón. Me voy pitando y me refugio en la zona de desayunos y bollerías. Allí seguro que hay cosas hechas con aceite de palma y muchas grasas saturadas. Cojo algo al azar de la estantería. Es una caja de galletas ricas en fibra. Tiene un dibujo de unas ramitas de trigo y una foto de una joven ama de casa con los brazos en alto. Lleva una especie de pijama de algodón blanco bajo el que se intuye un cuerpo firme y dispuesto a ser amado, como el de los versos del poeta:


Ay, aquella gacela joven
a quien pedí el licor,
y me dio generosa
el licor y la rosa.

   No está bien usar a una mujer así para anunciar unas galletas que sirven para cagar blandito.  

Sugerente vientre de la mujer que anuncia la galletas de fibra.


   Dejo la caja de vuelta en la estantería y deambulo de nuevo. Un rato después encuentro a Ana junto a las neveras de los yogures. Ya ha hecho toda la compra y vamos a la caja a pagar. Nos volvemos a poner a la cola. De primero hay un señor con el carro de aluminio lleno a rebosar que está dejando las cosas en la cinta transportadora. Le pregunto a Ana si se acuerda del post que escribí sobre hacer cola. Ella, por supuesto, me dice que no y pasa olímpicamente de mis comentarios acerca del tiempo que desperdiciamos los humanos modernos es esta actividad tan absurda. Mientras le doy al pico, reparo en una cesta sin dueño que hay junto a la caja. Está a medio llenar y a intervalos regulares aparece una anciana que deposita en ella un nuevo producto y desaparece para volver a aparecer al poco. Cuando la cesta está llena, la vieja se pone a la cola, exactamente detrás del hombre que está pagando en ese momento y por delante de las otras cinco personas que observamos atónitos. Detrás de mi hay otra anciana, menuda y encorvada, que parece indignada con la jugada. Siento un poco de pena por esta pobre viejita desvalida a la que da ganas de ceder el asiento en el autobús, pero no digo nada. Ya he tenido mi dosis diaria de conflicto enfrentándome con el pijo en la pescadería. 
   -¿Va a hacer pedido? –pregunta la cajera al dueño del carro cuando acaba de dejar sus cosas en la cinta.
   -Sí. –repone él.
  La cajera rebusca bajo la caja registradora y saca un micrófono. Los altavoces de megafonía crujen.
   -Elena Pereiró, acuda a caja, por favor. Elena Pereiró, acuda a caja.
   Poco después aparece otra empleada que abre la caja de al lado.
   -Vayan pasando por orden. –dice.
   La vieja que teníamos detrás no era una desvalida ancianita a la que cederle el asiento en el autobús, sino una fogosa potrilla con un repris que ya lo quisiera para sí un Masseratti. Se planta de dos brincos ante la caja y comienza a dejar su compra en la cinta. Todo en cuestión de milésimas de segundo.
    -Ha dicho que pasemos por orden. –dice la otra vieja muy indignada- Y yo estaba de primera.
   La potrilla suspende en el aire el movimiento de dejar una botella de agua mineral.
   -Lo que no se puede es ir llenando la cesta junto a la caja para ser la primera. –repone.
   A partir de aquí empieza una discusión que se prolonga durante varios minutos. La cajera asiste a todo con la falta de interés de las cosas vistas mil veces –solo le falta hacerse la manicura sobre la cinta de plástico-. A mí me sorprende tanta beligerancia por un par de minutos en dos señoras que, cuando lleguen a casa, no tendrán otra cosa que hacer más que mirar la pared y esperar que pase el día, pero no digo nada. Me limito a observar y tomar nota mental de todo lo que pasa. Al final la potrilla se sale con la suya. Pasa primero y se marcha con la dignidad de la reina de Saba. 
    Ana y yo pagamos cuando llega nuestro turno y volvemos a casa cargados con todas las cosas que utilizará mi suegra para hacernos la cena de Nochebuena, que espero que sean un montón de cosas con colesterol, grasas trans y demás sustancias poco saludables. 
   
    
    
   

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