jueves, 10 de diciembre de 2015

Epicureísmo del siglo veintiuno V: Endoscopias y abandonos.



    Hace tiempo, no recuerdo exactamente dónde, leí que la religión es el sometimiento a la deidad. El creyente se rinde a la voluntad divina y renuncia a comprender sus motivaciones. Deus vult. Sumisión total. Disolución de la existencia en el todo. Paralelamente a esta idea, hace tiempo que le doy vueltas a lo que dijo Durkheim de que la religión es la sociedad adorándose a sí misma. La religión es la expresión por medio de símbolos concretos del sistema de valores y patrones de conducta de una cultura dada. Por medio del culto religioso, el individuo expresa su adhesión a ese sistema social. La convicción de que la ciencia es la religión del siglo XXI me llevó a escribir esta serie de breves artículos de costumbres que he dado en llamar Epicureísmo del siglo XXI, breves crónicas de la relación del hombre actual con el Dios-ciencia. Ahí va la x parte.

*

    Llegué al centro médico a las siete menos cuarto, quince minutos antes de la hora fijada. Todo sistema religioso institucionalizado tiene su jerarquía. Hay papas, obispos y científicos reputados, pero para el pueblo bajo como yo el acceso a la divinidad pasa por los médicos de la Seguridad Social o de seguros privados como Adeslas o Sanitas. Una señora muy simpática me indicó dónde estaba la consulta catorce, la de aparato digestivo. Me senté en la sala de espera. Por no hacer mudanza en la costumbre, la médica me tuvo esperando una hora y media. Antes consideraba estos retrasos como una falta de consideración, pero ahora, con la experiencia, entiendo que los interminables minutos esperando son una parte esencial del ritual. Humillan al neófito y lo ponen en relación de sumisión con el intermediario y su deidad. Consciente de ello, había ido preparado con un libro, una radio con auriculares y el teléfono móvil con acceso a internet. Pero fue en vano. Ni libro, ni radio, ni móvil. Los especialistas de aparato digestivo compartían sala de espera con pediatría, así que tuve que aguantar esa hora y media rodeado de niños corriendo, llorando y cagándose por todas partes. Y, lo que es peor, tuve que asistir a la total y absoluta falta de dignidad de los padres, que hablaban a sus hijos como si tuviesen la misma edad que ellos, hacían el tonto con peluches, decían buuuuu, buuuuu, y les hacían pedorretas en la barriga.

Más o menos el ambiente de la sala de espera.


    Por fin, una señora de unos sesenta años y unas gafas de ver de cerca colgándole de la punta de la nariz abrió la puerta de la consulta catorce. Dijo mi nombre. Entré. Me indicó que me sentara y me hizo un montón de preguntas personales que anotó al punto en el ordenador.

    -¿Enfermedades graves? -preguntó.

    Esta es mi parte favorita del ritual. Le solté mi retahíla de enfermedades dejando, como siempre, el cáncer de piel para el clímax final.

    -Caramba. -dijo- Sí que estás baqueteado.

    Yo asentí, orgulloso de tener un cuerpo tan estropeado.

    Luego pasamos a lo de mis hábitos y dolencias. Normalmente a los médicos hay que exagerarles para que te hagan caso, pero viendo la cara que ponía, cuando respondí a la pregunta de consumo de alcohol y tabaco reduje prudentemente las cantidades a un tercio. Ella se llevó las manos a la cabeza.

    -Ay, ay, ay. Tienes que empezar a cuidarte. Tienes casi cuarenta años y el cuerpo ya te ha dado varios avisos.

    Torcí el morro.

    -¿De qué estamos hablando?

    Ella detalló la dieta que debía llevar. Un vaso de agua en ayunas, dos tostadas y un kiwi para desayunar, proteínas a medio día, pero sin nada de grasa, y verdura -poca- de cena.

    -Y como mínimo hay que cenar dos horas antes de irse a la cama. -sentenció.

Lo que pretendía que desayunase.


    Yo no podía creer lo que estaba oyendo.

    -¿Está hablando en serio?

    Ella me miró fijamente. No sé lo que vio. Supongo que a un hombre abatido por el destino.

    -Bueno. Tampoco voy a ser demasiado estricta contigo.

    Se quedó un instante en suspenso, como si su mente hubiese volado de repente a otra parte.

    -¿Y? -la insté ansioso.

    Ella pareció volver en sí.

    -Puedes permitirte una alegría al día. A media tarde te dejo tomar un yogur o un helado pequeño.

    -¿Cómo?

    Ella sonrió indulgente.

    -Bueno, eso, que tampoco hay que pasarse. Puedes darte pequeñas alegrías.

    Y tan pequeñas.

    -¿Y el vino? -pregunté, agarrándome a la posibilidad como un naúfrago a un tronco en alta mar.

    Ella seguía con su sonrisa entre indulgente y cómplice.

   -Bueno. Un poquito sí que puedes.

    No sé si mi cara dejó traslucir mi esperanza, porque ella pareció verse en la obligación de advertirme.

    -Pero un poquito es un poquito.
Esto me sonó mal.

    -¿Media botella? -aventuré.

    Ella volvió a llevarse las manos a la cabeza horrorizada.

    -¿Pero qué dices? Eso es una burrada. Un poquito son un par de deditos. Y un par de deditos como los míos, nada de esos dedos gordos de la gente que trabaja en el puerto. -dijo; y me puso dos dedos anoréxicos delante de la cara.

    Ni siquiera tuve fuerzas para pensar en lo clasista que había sonado su comentario.

    -Pe... pero eso no es nada.

    -¿Cómo que no? ¿Tú sabes cómo toman el yogur los musulmanes? Apenas se mojan los labios para cambiar de sabor. Eso es lo que tienes que hacer con el vino.

    a) Yo no soy musulmán.

    b) El vino sabe bien y, por tanto, se bebe para disfrutar de él, no para cambiar de sabor.

  c) Consumido en grandes cantidades, el vino tiene unas maravillosas propiedades narcóticas, aunque cualquiera le hubiese dicho esto último.

    - Y hay que hacer una endoscopia de urgencia. Ven mañana a las cinco al hospital.

    Sacó un talonario de cheques que empezó a rellenar.

    -Tienes que estar al menos seis horas en ayunas.

   Levantó la mirada para fijarla en un calendario de cartón que tenía en la mesa.

   -¿Mañana qué día es?

   -Uno. -dije

   Se le iluminó la cara.

   -Ay, sí, qué tonta. El día de San Eloy. -dijo dándose una palmadita en la cabeza.

   Entonces encajó todo. No dije más. Cogí el volante y salí.

   Ya en la calle llamé a Ana y le conté lo sucedido. En lugar de consolarme, ella aprovechó para vengarse. Cuando estuvo enferma, hubo un día en que le dije que no era conveniente que se comiese un higo. Ella, como siempre, elevó una anécdota a categoría de ley universal y, a partir de ese momento, a sus ojos yo soy el mayor censor desde Catón el Viejo. Y ahora quería revancha. No sólo no me consoló, sino que dijo con saña ya te lo dije yo, es que no puedes comer como un cerdo, y bla, bla, bla. Urgó bien en la herida.

   -Menos mal que eres guapa.- dije; y colgué.

   Pero enseguida sentí remordimientos y volví a llamarla. Me humillé un poco. Asumí, por supuesto, que mis hábitos eran profundamente insanos y que ella siempre tuvo razón. Me perdonó.

   Por la noche, del disgusto, me fui a la cama sin cenar.

Mi felicidad perdida.


    Tampoco desayuné, y pasé toda la mañana en el instituto sin hacer nada el tonto ni soltar una sola parida.

   -Profe ¿estás bien? -me preguntó una niña muy salada de segundo de la ESO.

   -Pues la verdad es que no. Ahora dicen que tengo hernia de hiato y que eso es lo que me provoca esa tos tan fea que oís a todas horas. No es la alergia. Es el estómago.

   -Pobre. Te pasa de todo.

   Le dije que sí, pero no le conté lo peor. La hernia, bien mirada, hasta estaba bien. Era una enfermedad más que me permitiría desarrollar toda una gama nueva de neuras. El problema estaba en que las neuras quiero escogerlas yo.

*

   La segunda vez no me hicieron esperar. Una enfermera con zuecos de goma vino a buscarme a la sala de espera y me acompañó hasta el quirófano por un laberinto de pasillos. Por el camino pensé que, si los médicos de Adeslas son los equivalentes actuales de los curas de aldea, las enfermeras son los monaguillos. Ya en el quirófano, la enfermera me ordenó que me sentase en una camilla y me desnudase de cintura para arriba. Obedecí mientras ella trajinaba con unos tubos que estaban metidos en grandes peceras de metacrilato llenas de un líquido que no reconocí. Estas peceras con fluidos raros, una lámpara muy grande de brazo articulado y un par de máquinas con lucecitas que no se para que sirven le daban al quirófano cierto aire de película de ciencia-ficción cutre. Como Dr. Who, pero el de los 70, en el que el monstruo era una manta sucia que movían con un cable.

El verdadero Dr. Who, no ese remake de modernillos
que han hecho ahora.

   Por fin apareció la médica. Parecía muy contenta y estaba la mar de parlanchina. Iba de un lado a otro y me preguntó varias veces por la Z de mi apellido. Luego le dio un beso a la enfermera y se puso a tararear mientras esperaba que acabase su labor con los tubos y las peceras. Me pregunté si tendría un subidón de algo. No sé, de pan de misa o de oración. Hay quien lo consigue. De repente fue como si hubiese escuchado mis pensamientos y se volvió rápidamente hacia mi.

   -Abre la boca para que pueda dormirte la garganta.-dijo; y me disparó dos veces con un spray que había sacado al punto del bolsillo de la bata.

   Como me había dicho, a los pocos segundos se me durmió la garganta, y, al hacerlo, un hilillo de baba salió de la comisura de mis labios y resbaló hasta el pecho.

   -Se me está cayendo la saliva.-anuncié.

   La enfermera me tendió un enorme babero de papel.

   -Tranquilo, es normal.

   Así que era normal que me babase como un perro.

   -Túmbate de lado.-me dijo la enfermera.

   Obedecí como un perrito bien amaestrado y entonces ella cogió una especie de bozal de plástico con un agujero en el centro. Me lo metió en la boca y me lo ató con unas gomas detrás de las orejas.

   -¿Estamos listos? -preguntó la médica.

   La enfermera contestó afirmativamente y entonces la médica sacó uno de los tubos de las peceras de metacrilato y lo metió por el agujero del bozal. Noté como el tubo me rascaba la lengua y las amígdalas. La médica decía traga, traga, pero era imposible con un tubo metido en la garganta dormida. Era como si me empalasen. Las arcadas se mezclaban con los gases. Eruptaba, me bababa, trataba de vomitar y mordía el bozal. La médica, entusiasmada, seguía empujando el tubo de plástico. Llegó un punto en que perdí la noción de mi propia individualidad y dejé de retorcerme. No sabía si me había cagado o no. La enfermera me acariciaba el pelo y me decía tranquilo tranquilo. A lo mejor al terminar me daban un hueso por haber sido buen chico.

Yo


   Por fin el tubo llegó al estómago. Lo supe por un horrible pinchazo que me tensó los músculos y por el gemido de placer que se le escapó a la médica. Allí, como en un interrogatorio de la Inquisición, había una falta de correspondencia brutal entre el sacerdote iniciador y el feligrés. Yo padecía por si tuviese los calzoncillos llenos de caca, y la médico exclamaba encantada: "¡Hay que esófago más bonito!”.

   Me dijo que mirase la pantalla. Yo estaba de lado, con el culo medio fuera de la camilla, un tubo empalándome y ella me decía que mirase la pantalla para ver mi estómago. Levanté un poquito la mano para declinar su oferta. Ella pareció defraudada.

   -A la gente suele gustarle ver su estómago.

   Callé.

Lo que a la gente le gusta ver, según la médica.


    El resto de la historia no tiene mucho más que contar. Al final no me cagué encima; ni tengo hernia de hiato, sino helicobacter pylori, una bacteria del estómago que se cura con unos antibióticos; y esa noche, al llegar a casa, me puse tieso de langostinos y vino blanco, y, si no me fumé un porro, es porque ya soy muy mayor para eso.


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