jueves, 10 de septiembre de 2015

Odio a las madres.

 

    Era de noche. Estábamos en una terraza tomando un vino.
    -¿Qué tal con tu hermana y tu sobrina? -preguntó X.
    -La niña apenas si tiene un mes y medio. Aún no ha tenido tiempo de ponerse muy pesada.
    -¡Cómo eres! No creo que sea para tanto.
    -Lo será.
    -Venga. ¿Yo fui tan pesada?
    -Fuiste más.
    -¿En serio? ¿Qué hice?
    -Mañana te doy la lista de agravios.

    Y este post, querida X, es mi lista de agravios ordenados cronológicamente. He obviado algunos, sobre todo los que se repetían. Puedes hacer la lista extensible a todas las madres, porque todas os comportáis exactamente igual.

    Dice Robin Fox que entre la hembra humana y su cría se establece un vínculo especial sobre el que se construye todo sistema de parentesco. Yo no se si este vínculo sirve como sostén de la relaciones de parentesco, pero lo que sí sé es que sirvió para joderle la vida a tus amigos. 
    No hablaré de tu embarazo, de lo fea que te pusiste con esa barriga que parecía que te habías tragado una boya de mar, ni de los pesada que eras con tu dolor ciático, ni de los arbitrarios cambios de humor provocados por el pelotazo hormonal. Paso directamente al día del parto.
    Ana y yo llegamos unas doce horas después del alumbramiento. Tú estabas en una habitación compartida de un hospital materno de la Seguridad Social. Contigo en la habitación estaba tu madre y otra mujer recién parida a la que traté de prestar la menor atención posible. Tu madre estaba nerviosa y emocionada. Tú estabas en la cama con unas ojeras espantosas toda sucia y sudada. Nos recibiste con una sonrisa de felicidad boba y nos señalaste con una mano temblorosa la cuna en la que había un bulto pequeño envuelto en prendas de algodón. A mí el bebé me importaba un comino. Si estaba allí, era por ti, pero tuve que disimular y acercarme a la cuna y fingir una curiosidad que no sentía. La criatura, pese a lo que puedas pensar, era exactamente igual que todos los recién nacidos -los caucásicos, lo negros son un poco más oscuros- y tenía ese olor dulzón que a las madres os vuelve locas, pero que a mí no me agrada en absoluto. 
   Luego nos contaste, como si tal cosa, que tu marido, al ver por primera vez a su hijo, se había puesto a llorar. Por si no lo sabes, tu marido también es mi amigo. Puedo entender los paseítos nerviosos de tu madre por el pasillo porque es una vieja y las viejas tienden a emocionarse con facilidad. Pero tu marido era un hombretón de treinta años y esos arrebatos de sensiblería deben quedarse en la intimidad. 


Es una foto sacada de internet, pero este perfectamente
podía ser tu marido.

    Afortunadamente, al poco de estar allí entró una enfermera y dijo que el niño tenía que comer. En general, las madres soléis mistificar el hecho de darle el pecho al niño, como si en este acto biológico hubiese una suerte de magia ancestral. He conocido muchas fanáticas de la religión de la maternidad que reivindicaban su derecho a sacar la teta en cualquier parte. En occidente los senos femeninos son un órgano sexual y a mí me hace sentir incómodo estar hablando con una amiga y que se ponga a amamantar a su bebé como si tal cosa. Imagínate qué sucedería si por un casual estuviésemos tú y yo sentados en un banco del parque comentando el resultado de las últimas elecciones europeas y yo, con toda la naturalidad del mundo, me abriese la bragueta, sacase el pene y continuase con la conversación como si allí, entre mis piernas, no colgase mi picha como el badajo de una campana. Las activistas de la maternidad apeláis a esa magia mística del amamantamiento y sostenéis que es un acto natural desprovisto de cualquier connotación sexual. Pues bien, a ti y a todas esas madres enfervorecidas tengo que haceros un par de objeciones. En primer lugar, no todo lo natural humano es bueno. Afortunadamente hay una cosa que se llama cultura que tamiza y controla todos aquellos aspectos de la Naturaleza que no son agradables. La defecación, que yo sepa, también es un acto natural, y no me pongo a hacerlo en público y desde luego no hay un partido a favor del derecho a cagar en la calle. En segundo lugar, en occidente como ya te dije los senos femeninos son un órgano sexual. Los niños del barrio nos excitábamos muchísimo cada vez que teníamos la suerte de ver a una madre amamantadora. Te lo digo para que lo sepas y, si los demás no lo confiesan, es porque son unos hipócritas. Por todo esto, aproveché la oportunidad que nos daba la enfermera para largarnos. 


Activista de la teta.

    Pero la cosa no quedó ahí, porque el espectáculo de tu maternidad me persiguió durante mucho tiempo. Ya en el parking, encerrado en la seguridad del coche, no me pude resistir y le dije a Ana:
    -¿Eres consciente de que todo el rato que estuvimos ahí X tenía puntos en la vagina y unas hemorroides como manzanas? Porque eso es lo que les pasa a las mujeres cuando dan a luz.
    -No empieces. -dijo Ana.
   -Si no empiezo. -repuse yo- Pero es que las mujeres durante el parto se cagan encima.
   -¡Cómo eres!
    Pues sí. Cómo soy, y ni un solo segundo que estuve en aquella habitación de hospital pude dejar de pensar en el aspecto más escatológico de la condición humana. Después de aquel día no pude volver a mirarte con los mismos ojos.

    
    Pasaron un par de meses. No sé qué estuviste haciendo. aunque supongo que estarías entretenidísima con el juguete nuevo. Al fin quedamos un viernes a las seis de la tarde para tomar algo. La hora era una mierda porque me cortaba la tarde por la mitad, pero tú me hiciste ver que era la única a la que podías porque a las ocho tenías que dar de comer al niño, bañarlo y todo eso. Yo hubiese pasado alegremente de quedar, pero Ana me dijo que eras nuestra amiga y teníamos que mostrarte afecto. Yo ya no fui de muy buen humor y, si te lo cuento, es para que veas que soy sincero y reconozco que soy un egoísta. Pero que lo sea no justifica en absoluto tu comportamiento. Supongo que ya no te acordarás, pero no paraste ni un instante de hablar de tu hijo. Nos hiciste una crónica súperexhaustiva de las funciones corporales del nene. Cómo dormía, su ritmo de comida, que si hacía gruñiditos al despertar o que si le molestaba la luz en sus diminutos ojillos azules. ¡Dios mío! ¡Es increíble lo poco que me importaba! El juguete estaba aún recién estrenado y tú estabas que no meabas con él, pero, por si no te has dado cuenta. el juguete era tuyo, no mío.
     De todos modos, hasta aquí la cosa fue aburridísima, pero tolerable, La traca vino cuando pasaste a informarnos de procesos biológicos más íntimos como las defecaciones, los gases y el apasionante momento de cambiarle el pañal. Todo esto contado en una cafetería mientras me tomaba una caña con unas aceitunas. Ya sé que hasta aquí mi lista de agravios incide mucho en las heces y todo eso, pero es que las madres perdéis cualquier cortapisa cultural tras el parto. Seguro que el vinculo que hay entre mi intestino y yo es mucho más directo y aún así no aprovecho una mañana que hayamos quedado para tomarnos un chocolate con churros para contarte que anoche cené gazpacho y que hoy por la mañana he hecho caca blandurria y un montón de pedos que olían fatal. Tampoco te he contado cómo se veía el papel higiénico después de limpiarme el culo y no pongas esa cara que estás poniendo al leer esto porque es el equivalente exacto a la descripción que hiciste de tu marido y tú cambiando pañales. 


El pañal. Tú me dirás si es agradable.


    Volvimos a quedar varias veces y todas fuiste exactamente igual de pesada y aburrida. Pero en una de ellas introdujiste una nueva variable en la tortura. En un momento dado sacaste al bebé de la cuna y me lo tendiste.
    -Toma, cógelo. -me dijiste sin preguntar.
    -No. 
    La respuesta me salió del alma y tú pusiste cara de decepcionada. Como eres mi amiga, me vi en la obligación de inventar una excusa.
    -Es que es tan frágil...
    Esto pareció convencerte y sonreíste, pero si ahora, tanto tiempo después, te lo cuento, es para que sepas que no pasé de coger a tu hijo porque tuviese miedo de hacerle daño, sino porque no veo qué hay de especial en ello y no apetecía un carallo.
    
    Después de este incidente empezamos a darte largas. Tú llamabas para quedar de vez en cuando, pero nosotros siempre teníamos una excusa. No es que ya no fueses nuestra amiga, es que nos aburrías muchísimo. 
     
    Pasó el tiempo. Yo creo que años porque no recuerdo volver a verte hasta una comida de amigos que organizó L. Tus hijos estaban algo creciditos -porque ya tenías dos-. El mayor debía rondar los siete y el pequeño los cuatro. No tuviste en consideración que se trataba de una comida de amigos adultos y te trajiste a los niños detrás. En tu descargo he decir que no fuiste la única. S y J fueron igual de desconsideradas.
    Lo cierto es que nunca habías tenido mucho feeling con S y J, pero no sé qué os pasa a las madres que os oléis como las perras y os hacéis amigas solo por el hecho de haber parido -razón que, por otra parte, te convierte en amiga de media humanidad-. A mi esto no me parece ni bien ni mal, y hasta casi creo que es útil, porque así podéis hablar de vuestras cosas y dejarnos a los demás en paz. Pero para mi desgracia, aquel día andabas atribulada con la elección de colegio de tus hijos. Soy profe, así que me llamaste para pedir mi opinión. En realidad, ya habías decidido mandarlos a las monjas y te daba igual lo que te contase. Solo querías que ratificase tu decisión y, como no lo hice, me decías "sí... sí...", pero en el fondo me ignorabas. 
     Soy un tipo simpático y tengo bastantes recursos, de modo que no me costò redirigir la conversación hacia temas más interesantes. Os conté varias batallitas del instituto. Eran buenas anécdotas, bastante graciosas, pero claro, como no eran de niños no me hicisteis ni puto caso. Aunque  no es esto lo que más me jode. Soy profesor y estoy acostumbrado a que la concurrencia me ignore. Lo que más me jode es que ni siquiera me miraseis a la cara y os pasaseis toda la conversación con la mirada por encima de mi cabeza con la atención puesta en los juegos de vuestros hijos.

    Y así llegamos hasta hoy en día. Tus hijos son dos adolescentes. Como eres sensiblera y ahora está de moda no castigar a los niños, se han convertido en dos tiranos. Hacen lo que les sale de las pelotas y mucho me temo que es demasiado tarde para reconducir la situación. Aunque, en cualquier caso, dudo mucho que fueseis capaces de  hacerlo porque sois una pareja de padres modernos,  de esos que, cuando regañáis, os sentís culpables y les acabáis haciendo la pelota para que ellos os perdonen por haberlos reprendido. 

    Hasta aquí llega mi lista de agravios, que puedes hacer extensible a todas las madres excepto mi cuñada Elisa, que nunca me dio la lata, me escucha cuando hablo y, si tiene que darle un tortazo a sus hijos, se lo da sin complejos, y así tengo tres sobrinitos encantadores con los que se puede ir a cualquier parte.



Mitología y superstición.

    
    

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