martes, 28 de julio de 2015

Día de playa I: Exhibición de cuerpos.




    Ana y yo caminamos por la pasarela de tablas de madera. A ambos lados hay una extensión ondulante de arena cubierta por ramitas y malas hierbas. Al frente se ve una duna muy larga, tras la cual se intuye la playa. Al final de la pasarela hay una ducha. Ana camina delante como una reina con una bolsa de esparto al hombro. Yo voy detrás envuelto en ropa como un tuareg. Atrás quedan los veinte minutos buscando sitio para aparcar, el polvo que levantaban las ruedas de los coches y el horrible golpe de calor que me sacudió al abrir la puerta. 
    Delante, en la ducha, acudimos a la primera escena costumbrista de exhibición del cuerpo. Un padre llama a gritos a su hija que camina con un cubo de plástico en la mano. La niña se acerca tambaleándose y el padre le ordena que coloque los pies bajo el lavapiés. La niña obedece tímidamente. Desgraciadamente para ella, los lavapiés de las playas están diseñados para adultos y no para niños de cuatro años. Su padre aprieta el botón y el chorro la empapa de los pies a la cabeza. Se pone a llorar. El padre, que es el causante del desaguisado, aún por encima se enfada y regaña a su hija. La niña llora aún más alto. 
    -¿Qué pasa ahí? -me pregunta Ana.
    -Nada. Que para ser padre no piden ni el título de la ESO.
    Entonces es el momento de que intervenga la madre, una señora con pareo a modo de vestido que había estado mirando el watsap. Se acerca con una toalla. Ya que la niña está mojada, aprovecha para ducharla. Le quita el bañadorcito empapado, aprieta de nuevo el botón del agua y le frota el cuerpo para quitar bien todas las arenas. La niña sigue llorando, pero ahora también hipa. Es el precio de que te consideren inmaduro para tomar decisiones, que los demás controlan tu cuerpo.
     Cuando llegamos a su lado, la madre está secando a la niña con la toalla y el padre mete los pies bajo el chorro de agua. Mueve el pie hacia los lados y abre los dedos para que el agua circule bien. Trato de no mirar.
     -Qué hijo de puta. -digo cuando ya llevamos un rato andando por la arena blanda.
    -¿Qué pasa? -pregunta Ana.
    -Esos pies. No tenía que lavarlos, tenía que amputarlos. 
    -No empieces. -dice ella.
    -Los pies son una parte íntima y sugerente del cuerpo. Por eso las mujeres se hacen la pedicura. No hay derecho a que ese cabrón nos enseñe lo que tiene entre los dedos de los pies.
    Ana me ignora. Yo sigo a mi rollo.
   -La niña es una niña, pero él ya es responsable para ir enseñando esos pies. Yo sólo pido un poco de civismo. Si es que abría los dedos...
    Continuamos caminando hacia un extremo de la playa, un lugar tranquilo donde yo pueda leer y Ana tomar el sol. Planto la sombrilla junto a unas rocas, y me refugio debajo con mi gorra y mi camiseta y mi pantalón largos. Ana se tumba a mi lado. Me embadurno la cara con crema protección total. 
    La primera hora es bastante tranquila. Ana toma el sol y yo leo a la sombra la última novela de Donna Tartt. Sin embargo, el espíritu gregario humano hace que poco a poco vaya proliferando una pequeña colonia a nuestro alrededor. Primero llegó un tipo de unos treinta años y media melenita y se sentó en las rocas. Luego vino una señora arrugada como una pasa que se puso a tomar el sol a unos diez metros. Más tarde dos familias y unos malotes supercachas con tatuajes. Finalmente una pandilla de adolescentes coloca sus toallas a escasos cincuenta centímetros de nosotros -literalmente-. 
     -Pero estos... -dice mi mujer indignada- Tenían toda la playa para ellos.
     La pobre no entiende nada de la psicología adolescente, porque esto no ha hecho nada más que empezar. No contentos con invadir nuestro espacio íntimo, los adolescentes empiezan a decir tonterías a gritos, correr, saltar y, en definitiva, molestar mucho.
    -¿Pero qué coño les pasa? -dice Ana que está a punto de cometer un acto de violencia.
   -Toda esa energía que tienen dentro del cuerpo tiene que salir de alguna manera. -le explico.
   -¿Y por qué no lo hacen de otra forma?
   -Porque no saben. 
   Ella emite un bufido. 
  En vista de que con tanto jaleo no voy a poder seguir leyendo, me pongo a mirar a la gente. No lo que hacen, sino sus cuerpos, porque hay pocos espacios donde la relación entre la sociedad, las personas y sus cuerpos sea tan intensa como en la playa. Ya sé que hay una ley tácita que dice que uno no debe observar los cuerpos de otras personas en la playa, como no se debe mirar fijamente los ojos de un desconocido que se nos sienta enfrente en el autobús. Dice Goffman que la otra persona puede sentirse intimidada al ver vulnerada su intimidad. Pero en la playa esto es cierto sólo a medias. Es cierto, por ejemplo, en el caso de esa madre que está en la orilla jugando con su hijo. Si me sorprendiese observando con atención sus varices, esa celulitis que le cae fofa por las caderas como piel de melocotón y los pliegues del abdomen que revelan unos partos de los que no se ha recuperado, es muy probable que se sintiese incómoda. Pero no sucede lo mismo con los cachitas tatuados que tengo a mi izquierda. En la playa cobran sentido todas esas horas de ejercicio extenuante en el gimnasio y el dinero y el dolor invertido en tatuajes. La playa es su momento de gloria. Aquí pueden enseñar su cuerpo porque la playa es a los cuerpos musculados lo que los museos a la pintura. 


Los cachitas de la playa podrían ser algo así.


     Nuestra pequeña colonia humana del extremo de la playa es una comunidad privilegiada para comprobar que el cuerpo es un espacio social. Además de los adolescentes y los cachitas, está el marido de la señora de las pistoleras y la celulitis. Es un tipo de unos cuarenta y cinco años, calvo, un poco barrigudo y hombros caídos. Tiene la piel blanca, pero se ha quemado los hombros, que lucen un tono rosáceo. De esa calva y el cuerpo poco cultivado se infiere una vida sedentaria, propia de un individuo cuyas preocupaciones giran en torno a la familia, el trabajo y la hipoteca, y no en buscarse una compañera sentimental en el mercado de la noche como es evidente en el caso de los cachitas de los tatuajes. Asimismo, de su piel blanca quemada por el sol del primer día de playa y de su cuerpo fofo se deduce que es lo que Upton Sinclair llamaba trabajador de cuello blanco, un oficinista, administrativo o coordinador de ventas. Su comportamiento social será más o menos el prescrito para este rol: se levantará todos los días a las siete de la mañana, hará jornadas muy largas en la oficina y padecerá de estrés y colesterol alto provocados por la tensión competitiva de la sociedad capitalista. Cuando termina la jornada laboral, a veces se toma una caña con compañeros del trabajo, pero normalmente vuelve a casa para estar con su mujer y sus hijos. Apenas lee. En la televisión ve el fútbol y alguna serie de producción española. Es conservador por esa falsa conciencia de clase media de poseer ciertos privilegios que debe proteger. Los fines de semana no hace nada especial. Da paseos, toma algo en cafeterías y tal vez visite a sus padres. Es del Real Madrid. 
    Un poco más alejada está la otra familia. La unidad familiar consta de cinco miembros:
    a) El padre. Un hombre de más de cincuenta años, de espalda ancha y brazos fuertes. Muy moreno, pero no un moreno natural, sino ese moreno un poco dorado que se les pone a losque que pasan muchas horas al sol. Su relación con el cuerpo es la opuesta a la de los dos cachitas tatuados. Dice Bourdieu que el gusto es una cuestión social. Las clases populares tienen una relación utilitaria con todo aquello que les gusta. Debe servir para algo, aunque sólo sea para demostrarle al resto del mundo que poseen los recursos suficientes para dilapidarlos en cosas inútiles. De ahí su gusto ostentoso y que, cuando se gastan doscientos euros en una camiseta Armani, tenga la marca bien grande para que se vea. Los cachitas tatuados cultivan su cuerpo porque es un instrumento para encontrar parejas sexuales. Por el contrario, este cincuentón está fuertecito y moreno porque hace deporte al aire libre, rollo aventurero, en plan De la Cuadra Salcedo. Probablemente practique vela, que es bastante elitista. La relación de su cuerpo con la actividad física no es instrumental, sino simplemente de pasatiempo. No tiene los abdominales perfectamente definidos porque, además de la vela, le gusta la buena mesa. Es lo que ahora se conoce como un fofiguapo. Lógicamente, es conservador, pero, a diferencia del marido de la de la celulitis, este lo es porque defiende sus privilegios de clase, unos privilegios que le permiten dedicar muchas horas a deportes exclusivos y a gastar bastante dinero en restaurantes caros. 


De la Cuadra Salcedo. un modelo pijo para
 horteradas como el Coronel Tapioca.


    b) La mujer. Veinte años más jóven que su marido. Aunque tiene tres hijos, su figura se mantiene esbelta. Es lo que la mayoría de la gente consideraría una mujer guapa. Apenas si se nota que ha pasado tres partos -el último bastante reciente-, así que supongo que no trabajará y dispondrá del tiempo y los recursos necesarios para mantener su cuerpo como cuando tenía veinte años. 
    c) Los tres niños rubios. Un misterio insondable, pero a los ricos los niños siempre les salen rubios. 
     El tipo de los treinta años y media melenita es el polo opuesto del calvo de clase media y el moreno con pudientes. La media melenita y las patillas denotan una orientación política progresista. La parte superior de su cuerpo es delgada, con pocas formas, mientras que las piernas son fuertes y musculosas. Su aspecto descuidado denota un trabajo no asalariado o por lo menos no de atención al público. Probablemente sea funcionario o trabaje en la empresa de sus padres. En su tiempo libre hace senderismo, donde se trabajan mucho las piernas y poco el tronco superior. 
    La señora arrugada que toma el sol como si fuese una flor que necesita hacer la fotosíntesis es una yonki como otra cualquiera, con la única diferencia que, como la melanina es gratis, no tiene que dar el palo y nadie la mira mal.


La vieja podría ser así, pero sin caminar.

    Y finalmente estoy yo. Un cuarentón cubierto como un tuareg. El sol me fríe y es lo que tiene haber tenido cáncer de piel, que puedo evitar describirme porque, en cuanto digo la palabra cáncer, todo el mundo guarda un silencio respetuoso, aunque fuese una chorrada que me quitaron en diez minutos y sólo tenga que hacerme una revisión al año.



     




    

1 comentario:

  1. Y a mí que ver pies feos en verano me anima. Miro los pies en el metro, apenas cubiertos por las havaianas, las sandalias de tiras y las chanclas y me digo: pues en comparación tengo unos pies bonitos y todo. Y tan contenta, oye.

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