miércoles, 8 de abril de 2015

Moaña I: La Virgen de los Remedios.




   E. B.Tylor introdujo el concepto de supervivencia para explicar ciertas costumbres y creencias que, según él, eran testimonios fosilizados de antiguas instituciones. Así, por ejemplo, el sacrificio es una supervivencia fosilizada de religiones animistas.
    Hoy he tenido contacto con una de estas supervivencias.

    Moaña, 6 de Abril de 2015. Es mediodía. Hace tiempo que me he levantado. Ana no. Estamos en el salón de casa. Yo ya estoy perfectamente vestido y aseado. Ana está en pijama. Ella desayuna mientras mira distraída la televisión y yo estoy asomado a la ventana. Observo el patio trasero. A la izquierda hay unas escaleras que suben a la casa de mis caseros, justo encima de la mía. A la derecha una parra da sombra sobre una mesa de obra. En el centro está el corral. Dentro hay cabritos, gallinas, conejos, un cachorro de mastín y mucha bichería más. Por el rabillo del ojo veo bajar a mi casera. Es una señora de unos sesenta y cinco años, bajita. Viene muy arreglada con ropa de fiesta. No me ve. Cruza el patio y llama a mi puerta.
    -¡Ana! -grita.
    Ana levanta unos ojos interrogantes y me mira.
    -Es M.- anuncio.
    -Abre tú.- dice ella- Estoy en pijama.
    Obedezco.
    -Hoy es la Virgen de los Remedios. -dice M.
  La miro sin comprender. M capta mi desconcierto porque enseguida me da más información.
    -Hay romería en el monte de los Remedios, en la capilla.
    No sé muy bien qué contestar, así que digo lo primero que me viene a la cabeza.
    -Pero nosotros tardaremos bastante en llegar. Ana aún no se ha duchado.
    A M eso no le parece un impedimento.
   -Podéis venir tranquilamente. Aunque no lleguéis a la misa, podéis tomar un vino por allí después.
    -Vale- digo- Pero no sé cómo se llega.
    M me da unas indicaciones rápidas. Yo, que soy muy burro, no me entero de nada.
    -¿Sabes dónde está el camping? -pregunta.
    -No.
    -¿Fontes?
    -No.
    -¿El monte de … por la carretera de Cangas?
    -No.
    La pobre M se pone nerviosa. En poco tiempo empezará el oficio religioso y ella está perdiendo el tiempo con este borrico de ciudad.
    -Tú coge la carretera de Cangas y, donde veas coches, paras. Luego sigue el ruido.
    No le doy más la lata con mi ineptitud para orientarme. Nos despedimos.
  Vuelvo al salón. Ana me espera con la taza de café humeante entre las manos. Le pregunto si nos ha oído. Dice sí y añade que tenemos que darnos prisa. Observo que es ella y no yo la que está recién levantada a las doce del mediodía. Me ignora. 
   Mientras Ana se ducha miro por la ventana y pienso en que M y S, mis caseros, son la refutación definitiva a las teorías de Robert Redfield de que la sociedad folk es cerrada sobre sí misma y poco predispuesta al cambio. M y S son las personas más hospitalarias, cariñosas y abiertas de mente que he conocido en mi vida. Desde luego más que cualquiera de mis vecinos de Coruña.

   Dejamos el coche donde
La cuesta que lleva a la romería.
Está un poco desenfocada porque
no es fácil jadear, sudar, oír una
misa estruendosa y sacar una foto
al mismo tiempo.
vemos otros muchos aparcados y comenzamos a subir una cuesta muy empinada siguiendo el ruido. Al principio el camino discurre entre viviendas unifamiliares, pero poco a poco vamos adentrándonos en el bosque. A medida que lo hacemos, el ruido va haciéndose más y más nítido. Lo que al principio no era más que un barullo informe, se convierte en una voz clara de cura oficiando y el murmullo de la asamblea que responde.
    -¿Están dando la misa al aire libre? -pregunta Ana.
    Me encojo de hombros.

 Seguimos subiendo por la cuesta cada vez más empinada y angosta. El bosque se cierra amenazante a nuestro lado. Jadeo y empiezo a sudar. No sé cuánto tiempo pasa porque cuando uno sufre un segundo parece una eternidad. Sólo recuerdo que llega un punto en el que el estruendo de la misa apenas si deja que oigamos nuestras voces, pero no se ve a nadie. Grito preguntándole a mi mujer si sabe qué demonios pasa, pero ella está tan confundida como yo. Damos vueltas sobre nosotros mismos buscando a la gente. No hay ni Dios. Sin embargo, se oye a un cura vociferar a todo pulmón que la paz del señor sea con nosotros.
      -¡Y con tu espíritu! -responde la muchedumbre.
      El tema empieza a tener un toque paranormal. Se oyen voces muy altas, pero no hay gente. Esto en la Edad Media era prueba de hechizo seguro. Al fin Ana me coge del brazo y me señala las copas de los árboles. Colgados en las ramas más altas hay cables y altavoces como una red de lianas y colmenas. 
     -No me jodas. -digo- ¿Y ahora cómo coño vamos a encontrar la romería?
     Ana está igual que yo. 
     Por suerte, un par de minutos después pasan un matrimonio de paisanos por allí. Él va vestido con el traje de los domingos y las fiestas de guardar. Ella con la permanente recién salida de la peluquería. Es evidente que van a la romería. Los seguimos. 
     En un claro en la cima de una de las pequeñas lomas que forman el bosque hay una especie de ermita. Delante hay una explanada de unos veinte metros cuadrados de piso firme de hormigón sobre la que han levantado una carpa. A ambos lados hay puestos improvisados donde se vende vino y comida. No soy muy bueno calculando aforos, pero hay bastante gente. Teniendo en cuenta que se trata de una fiesta religiosa, yo había esperado que los participantes en el rito fuesen gente de edad, mayoritariamente jubilados. Pero no. Además de los viejos de rigor, hay bastantes chavales jóvenes, madres con bebés y hasta alguien ha tenido la buena idea de montar unas camas elásticas para que se entretengan los niños. Por los altavoces se sigue oyendo la voz atronadora del cura.

Visión general de la romería.


     Nuestra primera interacción humana es con una vieja que monta guardia al final de la cuesta. Lleva una bolsa en la que guarda una colección de alfileres con una banderita de España y otra gallega. Apenas hemos puesto un pie en la romería y ya nos ha prendido a cada uno un alfiler en la solapa. Mi mujer y yo nos miramos indecisos. Esta picaresca de colgar sin permiso alfileres y luego pedir dinero a cambio es corriente en toda España. Es un fenómeno patrio, como los gorrillas que te ayudan a aparcar el coche o las gitanas que te leían la buenaventura. Si estuviésemos en Coruña, le hubiese devuelto el alfiler a esta espabilada sin dudarlo, pero aquí somos unos extraños y no sabemos muy bien cómo comportarnos. 
    -No hace falta dar nada. -dice la vieja.
el alfiler

    Le doy un euro. La vieja mete la moneda en su cartera con cara un poco contrariada. Se ve que no le ha parecido suficiente. 
     Ana y yo seguimos nuestro camino. 
    -Nos han cogido de pardillos. -me dice. 
    -Lo sé. ¿Pero qué podíamos hacer?
    
    Vamos hasta la ermita del fondo. En la parte lateral hay una suerte de roulotte desde la que controlan la megafonía. Un poco más allá, junto a la puerta, unas estructuras metálicas con palos largos con cirios. Hay mucha gente arremolinada junto a esa puerta porque la procesión va a salir. 
  Nos situamos para poder ver bien. A esas alturas mi mujer se ha convertido en toda una reportera gráfica. Le saca fotos con el móvil a todo y yo me congratulo porque empiezo a barruntar la idea de escribir en el blog sobre esto. 
    Hay un momento de tensión. La gente se revuelve y se oye decir "La banda, la banda". Entonces salen un montón de chavales vestidos de traje con instrumentos en la mano. Desfilan muy ordenaditos y se colocan en fila a los lados. Reconozco a varios de mis
Control de megafonía
alumnos y ellos a mí. Nos saludamos con la mano y algunos hasta me sonríen. Luego salen las imágenes, una de la Virgen y otra de Jesús. La verdad es que no son muy impresionantes y hasta diría que son un poco cutres. Cuatro personas llevan cada una, dos delante y dos detrás. Aquí no hay nada de ese rollo andaluz de ir todos al paso con un director que se toma muy en serio a sí mismo y eso de que la imagen no pendulee. Estos viejitos hacen lo que pueden y bastante es echarse la estatua al lomo. La banda empieza a tocar. Una larga columna de hombres y mujeres con los palos largos con cirios sigue a las imágenes. Al frente de todo van un cura que no entiendo muy bien cómo ha llegado hasta allí porque no lo he visto salir. Dan una vuelta a la ermita y se paran en la explanada. Entonces giran la imagen de la Virgen y la ponen mirando a Jesús. Pasa algo que no entiendo muy bien pero que M, mi casera, después me explicará y me dirá que la Virgen saluda a su hijo. Suben y bajan un par de veces las estatuas, gritan un poco y se vuelven a la ermita. La banda empieza a tocar cosas más animadas. Primero el himno de España, después un pasodoble y al final, cuando las imágenes están entrando en la ermita, la banda sonora de Quo Vadis. En total unos cinco o seis minutos. 
    A partir de ahí se acaba el espectáculo religioso. Nos encontramos con M y S, mis caseros, e I, su hija, y los hijos de I. Nos saludamos. S saca una botella de albariño y tres vasos de sidra que llena y reparte entre su hija, él y yo -ni M ni Ana beben alcohol-. Mientras bebemos el vino I me cuenta de qué va esta fiesta. Al parecer, la Virgen de los Remedios es muy importante en la parroquia de Tirán. Todos los años se celebra esta romería y el Sábado vendrá nada más y nada menos que la Panorama, la orquesta que hace las delicias del rural gallego -y esto no es un chiste-. Toda la gente se arremolina en torno a los bares improvisados y toman vino, vermuts y más de uno se arranca con un cuba libre. Se saludan, se abrazan, hacen chistes y hablan a gritos. Están muy contentos y se nota que es un día de fiesta. Le pregunto a M si los allí presentes son todos de la parroquia de Tirán. Ella me contesta que la mayoría sí, pero que también hay familias de otras parroquias e incluso de otros pueblos de la comarca. 
    Me voy a dar un garbeo por ahí en plan antropólogo.
    Dentro de la ermita hay varias señoras dobladas en señal de oración. Esto no tiene nada de especial. Mucha gente reza pidiéndole cosas a Dios, pero en ese momento se me ocurre que esas viejas están recitando hechizos para que una divinidad un tanto difusa altere las leyes de la naturaleza en su beneficio. Me hace gracia y suelto una risita que no es muy respetuosa porque las señoras se vuelven y me miran con mala cara. Farfullo una disculpa y salgo un poco avergonzado. Me he pasado de listillo y lo sé. 
    Vuelvo con Ana, M, S e I. Se han apostado junto a una caseta de hormigón al aire. Hay gente que se mueve dentro y parece como si allí hubiese una fiesta particular. Cuando le pregunto a I qué demonios es eso, me cuenta que es el antiguo palco de la música y que ahora está reformado como salón para las autoridades. Me señala un señor muy muy bajito vestido con un traje bastante hortera y me dice que es el alcalde. Antes era constructor. Ahora es el alcalde. Digo ummm y pienso que en todo rito la jerarquía se proyecta sobre la simbología del espacio. Mientras que el pueblo llano se relaciona en la explanada de fuera, las autoridades proyectan simbólicamente su poder aislándose en un espacio reservado. Este fenómeno no es exclusivo de un rito religioso de un pequeño pueblo de la Península del Morrazo. También hay palco de autoridades en los estadios de fútbol, en el teatro y supongo que también en la última tribu del Amazonas. Lo característico de esta cultura es que el constructor acabe de alcalde.
     Ana le cuenta a S la historia del alfiler de las banderitas y cómo nos han cogido de pardillos. S niega enérgicamente con la cabeza. 
       -Es la de la comisión de fiestas. -dice.
       Ana no entiende.
       -No, no. -interviene I- Ese dinero no es para ella. Es para la comisión de fiestas. ¿No ves que montar todo esto cuesta un dineral.- hace un gesto con las manos como si quisiese abarcar con ellas los bares improvisados, el palco del alcalde, la banda y todo lo demás.
      Mi mujer y yo intercambiamos una mirada cómplice, reconciliados con nosotros mismos. No nos ha timado una espabiladilla. Sólo hemos contribuido un poco a sufragar el rito de la Virgen de los Remedios.
    En ese instante, se oye una voz por megafonía. Al principio no se entiende muy bien lo que dice porque un chirrido metálico acompaña a la voz. Pero luego alguien toca algo y podemos escuchar al speaker con nitidez. Pide que los asistentes guarden silencio porque la banda va a tocar unos himnos religiosos. Los asistentes, que están pasándolo bomba, con sus vinitos, sus cubatitas y sus raciones de pulpo, no están dispuestos a que le chafen la juerga para escuchar música religiosa. Pasan olímpicamente de él y siguen las risas y las charlas a gritos. El speaker espera un segundo a ver si sus palabras surten efecto y, cuando se convence de que no van a callarse, vuelve a la carga.
     -A ver, un poco de respeto, por favor. La banda va a tocar el himno a la Virgen de los Remedios. Hagan el favor de mostrar un poco de educación y guarden silencio.
      Nada. Como quien oye llover. Entonces un señor sale corriendo de la roulotte desde la que se controla el sonido y le hace una seña a los de la banda, que llevan un buen rato sentados en círculo en medio de la gente que está comiendo y bebiendo. La explanada no es muy grande, de modo que la situación resulta bastante grotesca, porque los músicos están literalmente sentados codo con codo con varias pandillas de borrachos. El director de la banda coge la batuta y ordena a los chicos que empiecen a tocar. Ellos obedecen, pero no se oye nada más que los gritos alegres de los amigos y familiares. El director de la banda arremete con la batuta como si quisiese que los chavales soplasen más fuerte, pero sigue sin oírse. El señor que había salido de la roulotte menea la cabeza cabreado y vuelve corriendo allí. Comenta algo con el encargado de la megafonía y se oye otro chirrido metálico y la música de la banda empieza a oírse por los altavoces. Pero, para su desgracia, el efecto es justo el contrario del deseado. En lugar de apagar las voces y las risas, lo único que consigue es que la gente grite aún más, de modo que, entre los alaridos de la gente hablando con el que tienen al lado, el chirrido metálico de la megafonía que se acopla y la banda sonando por los altavoces a todo trapo, hay un ruido infernal. Los músicos, tocando duro tienen que lidiar con varios personajes que, sentados a su  lado les dan codazos sin querer cuando alguien cuenta un chiste y se mueven adelante y hacia atrás al reírse. Afortunadamente, esto no dura mucho. El encargado de megafonía desiste, la banda deja de tocar y la gente puede volver a gritar sin que la molesten. 
      
     Y ya poco más queda que contar. Acabamos nuestros vinos y bajamos a comer. 

     Explicar este rito como haría Tylor desde el evolucionismo diciendo que es una costumbre del pasado que ha sobrevivido fosilizada hasta nuestros días, aunque cierto, es insuficiente. Además de eso, la romería de la Virgen de los Remedios tuvo y tiene una función social clara. Hace años, los ritos como este servían como forma de cohesión social. Carmelo Lisón de Tolosana, en su Antropología Cultural de Galicia, dice que la organización social gallega estaba estructurada en torno a la parroquia. Dadas las penurias económicas de otros tiempos, los miembros de una misma parroquia debían ayudarse entre ellos para poder sobrevivir. Como me contó M, cuando era niña, si uno tenía un carro, lo llevaba a la siembra, aunque ese día no se trabajasen sus tierras, porque otro tendría aperos de labranza que podrían ser utilizados en otro momento para ayudarle a él. S también me contó que si había que hacer una casa iban todos los de la parroquia. Y otro día venían a hacértela a ti. M y S tienen montañas de fotos en las que se les ve trabajando los campos de familiares y vecinos sabiendo que, del mismo modo que ayudaban ellos ese día, serían ayudados en su momento. La romería era un rito de cohesión social  porque allí los miembros de la parroquia de Tirán estrechaban sus lazos sociales, se relacionaban y, en definitiva, se mantenían unidos. No había otra forma de sobrevivir que unidos. Hoy en día, gracias a la mejora de las condiciones de vida, ya no es necesario que los paisanos se ayuden unos a otros en las labores del campo. Sin embargo, no por ello la romería de la Virgen de los Remedios ha dejado de ser un rito de cohesión. Los vecinos de Tirán son pocos. La convivencia, inevitablemente, es distinta a las de las megaurbes actuales, donde rigen las relaciones despersonalizadas. En Tirán se conocen todos, por no decir que son familia. Y este tipo de rito viene muy bien para que se mantengan unidos y se lleven bien, porque cualquiera puede comprender lo desagradable que es tener un vecino con el que estás peleado.
     Paralelamente, M me dijo que a la romería de la Virgen de los Remedios no sólo iba gente de Tirán, sino también del resto de Moaña y de los pueblos colindantes. En este sentido, la romería además es una forma de relacionarse y conocer gente. Antaño había un baile en el que chicos y chicas se conocían y más de un matrimonio habrá cuajado tras estas fiestas. Levi-Strauss señaló las ventajas del matrimonio exogámico. Como él decía, es mejor casarse fuera a que te maten fuera. Además de las desventajas genéticas de aparearse generación tras generación en un círculo reducido, los matrimonios sellan pactos y alianzas, hacen que nos llevemos bien con nuestros parientes políticos, lo que puede redundar en beneficios económicos y eso siempre es bueno. Hoy en día, la Virgen de los Remedios funciona exactamente igual. El sábado tocará la orquesta Panorama, lo que es un auténtico acontecimiento en el rural gallego. Vendrán decenas de jóvenes de Cangas, Bueu, Marín y todos los pueblos de la comarca, además de que estará allí todo Moaña. Mis alumnos se pillarán el pelotazo padre y será la ocasión perfecta para que, además de hacer amigos, más de uno y más de dos acaben refocilándose entre los árboles y, quién sabe, tal vez de ese sexo chapucero entre borrachos surja una relación estable. Y, si no, se lo han pasado bomba y eso siempre está bien.

Puesto con los palos y los cirios.


La Virgen y Jesús se saludan.
     

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