domingo, 19 de abril de 2015

Epicureísmo del siglo veintiuno I: El hígado.


Ante el oscuro abismo del sinsentido de la vida, Séneca sostiene que el ser humano sólo tiene dos respuestas: embrutecerse con placeres que lo aíslan de la consciencia o renunciar a todo lo innecesario para vivir de acuerdo con las leyes de la razón y la virtud. Séneca opta por la segunda opción, pero a mí el estoicismo siempre me había parecido el consuelo de un aristócrata romano un poco estirado y bastante mojigato. No sé vosotros. Yo prefiero darle una alegría al cuerpo que el ascetismo, así que durante mi juventud me coloqué cuanto quise, follé lo que pude y vi y leí todo lo que me vino en gana. Luego, ya maduro, sustituí los placeres de la cama por los de la mesa y pocas cosas me hacían más feliz que beberme una botella de buen vino mientras veía una serie de televisión con mi mujer. Es una opción de vida tan digna como otra cualquiera y, si en lugar de enunciarla desde el puritanismo senequista, lo hacemos desde el epicureísmo, suena bastante mejor: la felicidad es la ausencia de dolor que sólo puede alcanzarse por medio del gozo moderado de los placeres. Leed estos versos y veréis si no:

De beodez amable
al padre soberano
de la risa y placeres,
que disipa cuidados,
que el dolor adormece;
y cuando el dulce vaso
los jóvenes ofrecen
de su licor mezclado,
cual viento impetuosos
van en tropel volando
los tristes pensamientos;
bebamos, pues, bebamos,
y en espumosas copas
embriaguemos cuidados.
(…)
Tome pesar quien quiera,
aflíjanle cuidados,
y nosotros, contentos,
dulce vino bebamos,
y en festivos cantares
celebremos a Baco.
Anacreonte. En un festín.


Pues bien. Todo iba perfectamente hasta que se me ocurrió cambiar de endocrino. Os ahorro toda la parte en la que el muy maleducado me tiene esperando cincuenta minutos en la sala de espera. Paso directamente a nuestra entrevista.
-¿A qué se debe su cambio de especialista?
-Me he mudado de ciudad.
-Ajá. Y según me cuenta le estaban tratando de una tiroiditis de Hashimoto.
-Ajá.
-¿Ha tenido alguna enfermedad grave?
Le respondo con la retahíla de mis infinitas enfermedades.
Él apunta algo en su ordenador y luego extiende la mano para que le entregue la analítica que me he hecho previamente.
-Mmmmm.
-¿Pasa algo?
-Tiene el colesterol bastante alto… la hormona tiroidea está más o menos ajustada… no hay marcadores tumorales… pero lo que me preocupa es el descontrol en las transaminasas. -le da la vuelta al papel para que pueda verlo bien y marca con la punta de la pluma una cifra y un asterisco fuera de unos paréntesis.- Tiene usted las transaminasas ocho veces por encima del máximo.
-¿Y?
Él se echa hacia atrás.
-¿Es usted bebedor habitual?
-Sí.
-¿Fuma?
-Sí.
-¿Cuida su alimentación?
-No.
Él tuerce la boca en señal de desaprobación.
-Ya veo.
Hay un silencio incómodo que rompe él.
-No puede usted seguir así. Es hora de empezar a cuidarse.
-¿De qué estamos hablando?
-Dejar el alcohol y el tabaco y dieta.
           -¿Y si no lo hago?
           -Tendrá problemas con el hígado.
         La conversación no terminó ahí. Siguió un buen rato con él prohibiéndome todo lo bueno y yo escuchándole con la firme intención de no hacerle ni puto caso.

           Pero no fue tan fácil. La salud es la religión del siglo XXI y este chamán no sólo me impuso una penitencia en forma de lacerante abstinencia, sino que como un cura decimonónico consiguió introducir la culpa en el gozo. No he vuelto a disfrutar de una sangrante carne roja con buen vino tinto sin sentirme fatal. Miserias de la época que me ha tocado vivir en la que un hombre no se atormenta por su alma sino por su hígado. Pero mucho me temo que la conciencia de este hecho no me reconforta y hace ya una semana que voy por la senda que siguieron antes otros hombres mucho mejores que yo: cuando la vida nos priva de la felicidad de Epicuro, nos consolamos con la renuncia estoica de Séneca. Hoy he merendado una manzana y pan integral.

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