domingo, 11 de enero de 2015

El festín de Babette (Gabriel Axel)



        Película maravillosa.
    La acción transcurre en un pueblecito marinero de la costa danesa. Allí viven dos solteronas hijas del antiguo pastor protestante. Estas señoritas se han hecho cargo de las reuniones de oración, de los cánticos religiosos y del resto de obras de caridad tras la muerte de su padre. Un prolongado flashback nos cuenta la juventud de estas solteronas, cuando fueron bellas y cortejadas por un soldado y un cantante de ópera. Todo en un múndo opresivo por lo estricto y la religión formalista y rutinaria.
      Un buen día llega al pueblecito marinero Babette, una francesa que regentaba uno de los mejores restaurantes de París y que ha tenido que huir por cuestiones políticas. Las señoritas la aceptan como sirvienta y la vida en el pueblo continúa. Babette juega a la lotería y tiene suerte. Le cae un décimo agraciado. Pero, en lugar de dejar de servir y pegarse la gran vida, decide gastarse todo el dinero en una gran cena con la que agasajar al pueblo.



        Como dije, es una película maravillosa por millones de razones.
        Describe con una sutileza admirable el mundo cerrado por una religión intransigente. Esta religión coarta la felicidad de las personas, que se ven obligadas a renunciar a sus afectos personales. Las dos historias de amor de las dos hermanas son preciosas y, al mismo tiempo, terriblemente tristes. Como los grandes, Axel encuentra la belleza en el dolor. El paso del amor y la renuncia marca la vida de estas dos mujeres. Lo fácil hubiese sido hacer caricatura de ellas y presentarlas como una beatas santurronas. Pero no. Son dos personas estupendas, que fueron jóvenes y guapas. No se volvieron hacia una religión intransigente como justificación a su fracaso vital, sino que su fracaso vital es el resultado de esa religión intransigente.



         Ese mundo cerrado y pacato, que obliga a la gente a renunciar a lo que hay de humano en ellas, se rompe precisamente por algo tan humano como la comida. La felicidad está en los placeres y todos esos placeres son placeres humanos y, por lo tanto, carnales. El amor está subyugado por la religión. Y es la comida, el sentido del gusto, lo que abre una brecha en ese mundo.





         Desde un punto de vista técnico la película también es maravillosa. Nada más empezar, con esos encuadres tan sugerentes, el espectador tiene la sensación de que acaba de entrar en un cuadro de Rembrandt o Vermeer. Tanto los exteriores como los interiores están filmados con sobriedad y es el juego de la iluminación lo que crea el abanico de sugerencias. 



       Una película maravillosa. Cine de autor, pero no un cine intelectualista, deliberadamente formal y coñazo. En absoluto. Se ve muy, pero que muy bien.
               No leí la novela de Isak Dinesen en la que está basada la película. Pero teniendo en cuenta que Memorias de África me gustó bastante y que la película de Axel me parece un peliculón, creo que no tardaré mucho en leerla.
     
         

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