domingo, 9 de noviembre de 2014

El colega Alejandro



      Acababa de llegar a casa después de trabajar. Sobre la mesa del salón estaba el teléfono móvil. Pulsé la pestaña de desbloqueo por si acaso Ana hubiese llamado. No lo había hecho, pero una ventanita luminosa me avisaba de que tenía veinticinco mensajes nuevos de wassap. La abrí. Era el grupo de antiguos amigos de la Universidad. Ojeé distraído la conversación. Alejandro había encontrado trabajo en Alemania y se marchaba una semana después. Me alegré por él, porque Alejandro se había quedado en paro tres años antes, cuando se vino abajo la burbuja de la construcción, y, por si esto no fuese suficiente, tenía mujer –también en paro- y dos hijas. Los amigos habían llenado la conversación de mensajes de aliento. En general, se limitaban a repetir tópicos como que era una gran oportunidad, que era muy valiente y que le envidiaban esta posibilidad de ver mundo. Alejandro, ufano, había colgado una foto del pueblo al que se iba y había añadido la frase “Por fin me marcho de África”. 
     El Viernes me llamó Pablo para decirme que habría una comida de despedida. Aprovechando que sería un fin de semana soleado, se había organizado todo en la casa de campo de Benito, que tenía una barbacoa en el jardín. 
     Me presenté en el jardín de Benito con una botella de vino. Benito asaba sardinas y chorizos criollos en la barbacoa. Alejandro estaba sentado con su mujer en una silla de plástico a la sombra de una parra. A su alrededor había cuatro o cinco personas. Sus hijas correteaban con otros niños por el césped bien cortado. Saludé a Benito, dejé la botella de vino en una mesa y me uní al grupo de Alejandro. 
     -¡Qué guay! –decía una chica- Acuérdate de mí muerta de asco en la oficina.
     -¿Y qué van a hacer Marta y las niñas? –preguntó alguien.
     Alejandro sonrió.
     -Por ahora se quedan aquí. 
     Marta pasó un brazo cariñoso por el hombro de su marido.
     -El contrato inicial es de tres meses. No vamos a movernos hasta que la cosa esté estabilizada.
     -¿Entonces sólo te vas tres meses?
     -Es el contrato inicial. Luego hay la posibilidad de continuar en Brasil o en Marruecos.
     -¡Brasil! ¡Qué guay! –exclamó la chica que quería que se acordasen de ella muerta de asco en la oficina.
-Hay que adaptarse, hay que ser flexible. Lo de funcionario apoltronado se acabó. –sentenció Alejandro.
La conversación siguió por estos derroteros hasta que Benito nos avisó de que las sardinas y los chorizos estaban listos. 
A eso de las siete de la tarde, cuando la gente ya estaba borracha hablando en pequeños corrillos, me senté con Benito y Anselmo que observaban a Alejandro jugando con los niños pequeños. 
-¿Y qué opina el antropólogo de lo de Alejandro? –me preguntó Benito.
Lo bueno de ser antropólogo es que se pueden dar opiniones sin comprometerse personalmente.
-Es lo esperable del capitalismo líquido. El trabajador debe ir detrás de los flujos de capital que se mueven sin restricciones.
-Pues a mí me parece una puta mierda. –dijo Anselmo- Antes, cuando la gente emigraba lo aceptaba como una desgracia. Era lo que había y punto. Ahora hay que montarse la película como si fuese la hostia.
Sentí que mi amistad con Alejandro y la chica que se moría de asco en la oficina me obligaba a excusarlos.
-Tampoco hay que ser tan duro. Es el discurso del poder y es normal que lo repitan. –dije.
Benito intervino dirigiéndose directamente hacia mí.
-Es lógico que tratemos de ver la parte positiva de las cosas. Bauman siempre ve el lado negativo de la globalización. -Benito era un buen chico que había hecho los deberes y había identificado mi cita.- Pero no tiene por qué ser negativo. –continuó- Los cambios pueden servir para coger las riendas de tu vida y no acomodarte con cosas que no acaban de convencerte.
-¿Qué mierda de vida tienes cuando te pasas un año aquí, seis meses allá…? –dijo Anselmo.
Comenté que eso fue lo que le había pasado a mi hermano en Bélgica. Aunque tenía un buen contrato con la Unión Europea para hacer el doctorado, sólo hizo amistades en la Universidad y con extranjeros que estaban de paso. Eran sólo relaciones temporales y, claro, superficiales.
-¿Y eso le afectó? –preguntó Benito.
-Tenía migrañas.
-¿Por el estrés?
-Supongo que se sentía solo.
-Pues esperemos que no le pase lo mismo a Marta. –dijo Anselmo.
Yo no entendí bien.
-No sería la primera vez que… -me explicó Benito.
Se hizo un silencio entre nosotros que rompió Anselmo.
-¿Vas a escribir sobre ello? 
-Supongo que sí. Pero dentro de un tiempo y cambiando los nombres.
Y así lo hice. Esperé un año, cambié los nombres y recogí esta pequeña escena costumbrista que no acabo de entender muy bien, en la que hay un poco de vanidad, otro poco de capitalismo global y la posibilidad de un adulterio que hubiese dado para una novela decimonónica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario