domingo, 24 de agosto de 2014

Hacer cola



  Muchos autores han estudiado los diferentes fenómenos surgidos como resultado del capitalismo moderno. Thornstein Veblen se fijó en el consumo conspicuo, Max Webber escribió sobre la despersonalización como consecuencia de la hiperburocratización, Richter dedicó un libro entero a la mcdonalización de la sociedad, Sennett otro a la corrosión del carácter, unos cuantos a la superespecialización del trabajo y otros muchos a los sistemas expertos y a la noción de confianza y riesgo. Hoy, mientras estaba en las oficinas del ayuntamiento, me di cuenta de que nadie, que yo sepa, ha hablado de uno de los fenómenos más característicos de la vida moderna: hacer cola. Quizá porque estamos tan acostumbrados a esperar mansamente nuestro turno, no nos hemos dado cuenta de la cantidad de tiempo y paciencia que el ser humano desperdicia con esta actividad que surge como resultado del hacinamiento de millones de personas en megaurbes. Fiel al estilo de estos artículos de costumbres, os voy a contar mi mañana como ejemplo de lo que acabo de decir, una mañana cualquiera de un individuo cualquiera en una ciudad cualquiera.

   Como toda historia, no arranca en el momento justo en que entré en las oficinas del Consistorio, sino que hay toda una cadena de acontecimientos anteriores. Es lo que se llama el efecto mariposa. Ya sabéis: el aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami en el otro lado del mundo. En este caso, la mariposa que bate sus alas es Carlos Negreira Soto, alcalde de Coruña, para desgracia de todos. No os cuento la vergonzosa trama de corrupción política, porque con la misma me aplican la nueva ley de represión del ciudadano y me meten en la cárcel. El caso es que, hace un mes, acabaron las obras del parking del Parrote. Por lo que se ve, el negocio privado no iba a ser lo suficientemente lucrativo, así que el alcalde anunció la peatonalización inmediata de la Ciudad Vieja. A los vecinos del barrio, por el momento, nos deja aparcar. Pero antes tenemos que pasar una serie de trámites burocráticos que son como las doce pruebas de Hércules.
   Esta mañana Ana y yo somos buenos chicos, madrugamos y a las once y cuarto entramos en las oficinas del padrón municipal. Nada más cruzar la puerta, tengo una agradable sensación de encontrarme en casa, como la que se tiene cuando uno llega al el bar y todos te saludan por tu nombre y el camarero te pone lo de siempre sin preguntar. Sentado en la primera mesa, ligeramente encorvado hacia delante y con una mano crispada en el aire, está H, un vecino de la calle Santiago con el que suelo coincidir en el mercado. H vocifera tratando de explicarle al empleado público que no es de recibo que le exijan un certificado de haber pagado el Impuesto de Vehículos de Tracción Mecánica, cuando es un impuesto municipal, es decir, que basta con que el empleado teclee un poco en el ordenador para comprobarlo. Un par de metros más allá, sentado en la mesa inmediatamente contigua, está M, un gordito con el que acostumbro a discutir de boxeo en el bar. Tras ellos, haciendo una cola un poco desordenada, están J, L, O y D, todos vecinos de la Ciudad Vieja, y otros muchos a los que no conozco personalmente, pero a los que saludo al punto porque, después de las cuatro mañanas enteras que hemos pasado juntos en esas oficinas, compartiendo las mismas dificultades, las mismas paciencias puestas a prueba, y los mismos regresos a casa con el paso abatido por la ausencia de un certificado importantísimo del que nadie nos había hablado, los siento como de la familia. Si algún día conseguimos la tarjeta verde de residente, no descarto irnos de putas para celebrarlo.
   Ana y yo atravesamos aquel bosque de caras conocidas hasta las mesas del final. Allí hay otra cola en la que reconozco a T.
   -¿Va rápido? -le pregunto poniéndole la mano en el hombro.
   T se gira y me mira como somnoliento.
   -¡Qué va! Aún encima le ha dado un jamacuco a ese viejo.
   T hace un gesto con la cabeza para indicarnos a un anciano que está tumbado en el suelo, con el pantalón desabrochado y las piernas dobladas en forma de ele sobre una silla. Junto a él hay un policía municipal que mira para todos lados y una señora que, agachada, le sostiene la mano y le berrea al oído que esté tranquilo y que tiene muy bien la memoria.
   -Joder. -dice Ana; y coge un número de una máquina como las que hay en la charcutería del supermercado.
   Yo me apoyo en la pared y observo al pobre abuelo con el pantalón desabrochado y las piernas levantadas como si fuese un bebé que tiene que expulsar los gases.
   -¿Por qué le grita esa señora? Es viejo, no subnormal.- dice Ana.
   T suelta un bufido.
   -¿Desde que hora llevas aquí? -le pregunto.
      -Desde las nueve y media.
La hora que Ana y yo pasamos en aquella cola es bastante entretenida, mirando al pobre anciano con los pantalones desabrochados y al equipo de urgencias que llega tiempo después y lo suben en una camilla. Al hacerlo, al viejo se le resbalan un poco más los pantalones y se le ve el culo. Con el culo al aire y todo, la señora que le sostiene la mano no deja de gritarle al oído que esté tranquilo y que tiene muy bien la memoria. Los enfermeros sacan al viejo que se despide de todos nosotros levantando un poquito los dedos y moviéndolos hacia los lados. Es un momento emocionante y por un momento creo que vamos a romper a aplaudir. Pero no. Sólo una señora con una permanente a lo Isabel Tocino, una pija de la parte baja del barrio -la de Amancio Ortega-, se acerca a la camilla y se inclina sobre él.
  -No se preocupe. Verá como se pone bien enseguida.-le dice con asquerosa conmiseración cristiana.
   -Prométeme que me matarás a los sesenta y cinco. -le pido a Ana.
   -Tranquilo. El hígado te llevará antes.
   Al fin sale nuestro número en la pantalla. Ana agita el papelito en el aire como si fuese un boleto de lotería premiado. Nos sentamos en la mesa.
   -Hola. ¿Habéis traído todo hoy? - dice el empleado municipal.
   -Anda y que te jodan hijo de puta. -murmuro.
   -¿Perdón?
   Ana me da una patada por debajo de la mesa.
   -Eso espero. -digo- Es el quinto día que venimos.
   -Ya. -repone él muy digno.
   Ana le tiende nuestros papeles. Él los ojea con el ceño fruncido y los labios hacia delante, como si fuese un tipo listo, pero a mí no me engaña, porque, además de un hijo de puta, es un burro de la hostia.
   -Está bien. -dice; y aprieta varias veces el botón del ratón del ordenador.
   Por la impresora salen tres certificados de empadronamiento. El muy cabrón nos los tiende
con una sonrisa beatífica, como si no fuese la quinta vez que volvemos por su culpa.
-¿Algo más? -pregunta.
-Tenemos que cambiar la domiciliación del coche. -dice Ana.
El empleado municipal señala la mesa inmediatamente contigua a la suya.
   -¿Y tenemos que hacer toda esa cola? -pregunta Ana.
   -Me temo que sí. -dice él.
   Encima con recochineo.
   Nos levantamos y volvemos a repetir el proceso: Ana coge otro número como en la charcutería del supermercado y esperamos otra hora, pero esta vez es más aburrida, porque no hay ningún pobre anciano siendo humillado públicamente. Es cuando se me ocurre la idea de este artículo.
   Llega nuestro turno. Hoy es nuestro día de suerte, porque la funcionaria nos da un certificado de haber cambiado el domicilio del coche sin objetar nada. Pasamos a la siguiente cola. Si no surge ningún contratiempo de última hora, allí entregaremos todos los documentos a cambio de la ansiada tarjeta verde. Tras la mesa hay una chica rubia, de unos treinta años. A su lado está un tipo con unas patillas a lo Elvis en Las Vegas. También, como el Elvis de Las Vegas, luce un bandullo blandengue que anuncia unos niveles de colesterol considerables y una pronta enfermedad coronaria. Es el jefe de movilidad ciudadana, el encargado de gestionar todos los permisos para aparcar, el último guardián de la puerta y juez de todos nuestros anhelos.
   Esta cola va más rápido, porque pocos son los elegidos que pueden llegar hasta el Gran Maestro. Por el camino, hemos visto salir a T hecho una furia, gritando “Esta tía es gilipollas” porque le faltaba una fotocopia del DNI; hemos visto a M caer abatido ante un certificado d exención de tasas municipales por minusvalía; hemos llorado con O, cuando le dijeron que los vecinos de la periferia del barrio no tienen derecho a tarjeta verde porque no; y a otros muchos más, grandes hombres y mujeres que ni siquiera tendrán el consuelo de verse recordados en la estatua del soldado anónimo.
  Nos sentamos delante de la rubia de treinta años. El encargado de movilidad ciudadana tiene una cara de estar hasta los huevos que no puede con ella. Está respantingado en su silla y mira continuamente su reloj a ver si puede marcharse a casa de una puta vez.
   -¿Estáis aquí por lo de la Ciudad Vieja? -pregunta la rubia.
   Se ve que a los trabajadores del Ayuntamiento los reclutan en ASPRONAGA.
   -Sí. -dice Ana; y le ofrece nuestro fajo de papeles.
   Estoy tan nervioso por verme tan cerca de la tarjeta verde que estoy a punto de hacerme pis. La empleada municipal ojea los documentos.
   -Mmmmmmmm. -dice- Os falta un poder de tu padre. Tiene que firmar aquí y aquí.- nos dice al tiempo que nos tiende una hoja oficial y hace dos pequeñas cruces donde se supone que debe firmar mi padre.
   No me lo puedo creer. Es como el penalti de Djukic, como acostarte con Scarlett Johansson y, cuando estás a punto de correrte, que te diga que te vayas a tu casa.
   -No... no... -gimo abatido.
   -¿Puede escribirnos en una hoja todo lo que tenemos que traer para que no tengamos que volver otra vez más? -dice Ana con una paciencia infinita.
   El encargado de movilidad ciudadana sale de su hastío. Resulta que no sólo es un hortera de mierda, sino que, como Dios, es infinitamente caritativo en su benevolencia. O eso, o le gusta mi mujer y quiere hacerse el chulito.
   -No pasa nada. Tu padre está tomando un café ahí fuera. -me dice al tiempo que señala con los ojos la puerta que lleva a la Plaza de María Pita- Llevas el papel y que te lo firme.
   Yo, que estoy en estado de shock, digo como un gilipollas:
   -Pero mi padre no está...
   -Tu padre está tomando café ahí fuera. -insiste- Sales y que te firme los papeles.
   Ana, a mi lado, tiene los ojos desorbitados. No puede creer con el imbécil que se ha casado. Coge los papeles y me saca de la mano como a un niño pequeño.
   Fuera, le pedimos un boli a una policía municipal que hay por allí y falsificamos la firma de mi padre. Volvemos a entrar. Hacemos la cola de nuevo y entregamos los documentos.
   -Está todo bien. -dice la rubia- Ya os llamaremos.
   Salimos. Me siento en un banco de la plaza y enciendo un cigarillo.
   Al mismo tiempo que un alivio infinito, siento un cierto vacío existencial, como si el objetivo de toda una vida se hubiese disipado. Dijo Thomas Mann, en Los Buddenbrook, que todo momento de esplendor lleva en sí el germen de la decadencia.
   -¿Y ahora qué? -digo cuando he terminado.
   -Han dicho que ya nos llamarán.-dice Ana.
   Ya. Eso es como hacer cola, pero desde casa. Ya no tenemos que esperar de pie, rodeados de gente que suda y huele mal, ni tenemos que lidiar con empleados celosos de los certificados y las fotocopias compulsadas. Me refiero a qué haremos en ese momento en concreto. Ana mira el reloj. Son las dos menos cinco. Hemos solventado todo en algo menos de tres horas.
   -No tenemos nada para comer. -dice.
   Volvemos al barrio. Cogemos el coche y conducimos hasta el hipermercado. El trayecto, que andando a ritmo suave serían unos treinta minutos, en coche es más de una hora. La razón es otro delirio faraónico de Carlos Negreira Soto, alcalde de Coruña para desgracia de todos. No contento con la obra de cuatro años del parking del Parrote, ha decidido levantar un kilómetro del centro de la ciudad para soterrar el tráfico. Por arriba hará un boulevard que, por las fotos que he visto del diseño, es una mierda, pero no estoy aquí para hablar del mal gusto del alcalde, ni de la más que sospechosa finanzación del proyecto, sino de la hora que nos roba a los vecinos cada vez que cogemos el coche. Un guardia sopla el silbato y mueve muy enérgicamente los brazos para que nos demos prisa, pero, pese al entusiasmo de sus brazos, el tráfico avanza muy poquito a poquito.
   -¿Te has dado cuenta que un atasco es la cola de los coches? -le comento a Ana.
   -Ajá. -dice ella sin inmutarse por los treinta minutos que llevamos para hacer quinientos metros. Después de las pruebas de la oficina del padrón, mi mujer ha alcanzado la disciplina mental de un maestro yogui.
   Al fin llegamos al supermercado. Si el atasco era la cola de los coches, el supermercado es el paraíso de las colas. Las hay para todos los gustos, de todo tipo y pelaje. Hay una cola en el parking para encontrar aparcamiento, hay otra cola en la frutería, para que un señor con un gorrito de pescador te pese la verdura y ponga una pegatina en la bolsa, hay otra cola en la pescadería, otra en la charcutería, otra en la panadería, otra en la carnicería y una gran cola final para pagar. Las hacemos todas y salimos con el carrito cargado de comestibles. 



Llenamos el maletero y llevo el carrito hasta la entrada, donde engancho el carrito a otro para que me devuelvan el euro de fianza. Doy un paso atrás y observo todos los carritos, enganchados unos a otros por medio de una cadenita, esperando pacientemente a que llegue algún cliente y los lleve a dar una vuelta por el interior del supermercado. No sé si he tenido un arranque de sensibilidad artística o es que mi paranoia de las colas se me está yendo de las manos, así que, prudentemente, vuelvo al coche. Ana arranca y volvemos a casa. Otra hora de vuelta de cola de coche en el atasco provocado por el delirio faraónico de Carlos Negreira Soto, alcalde de Coruña para desgracia de todos, y otra cola de diez minutos buscando aparcamiento.
Son las seis de la tarde cuando terminamos de comer.
-¿Qué vas a hacer hoy? -me pregunta Ana.
Podría ir al banco y esperar media hora para que me den un estracto de mi cuenta bancaria, o esperar en la parada del autobús, o ir a un pub de moda y aguardar a que una camarera veintañera cachonda tenga a bien ponerme una copa, pero creo que me voy a tumbar en la cama y mirar el techo sin hacer nada para redondear el día.

 -Tú mismo. -dice Ana.


     ANEXO: OTROS ESPACIOS DONDE HACER COLA
-el último es un producto típicamente español-






1 comentario:

  1. Sólo un matiz: no dije que la funcionaria fuese gilipollas por pedirme una fotocopia del DNI, sino porque primero ella perdió la fotocopia (no sé qué lío se hizo con los papeles y que si este va para aquí y este va para allá) y luego no quiso hacer una nueva copia -teniendo la fotocopiadora justo detrás. Para solucionarlo, volví a la mesa del padrón, que la atiende una funcionaria bastante más agradable, y le pedí de favor que me hiciese la fotocopia. La señora fue a la fotocopiadora que está detrás de su compañera (porque la suya estaba en ese momento ocupada), hizo la fotocopia y me la dio. En ese momento, al cruzarme contigo, dije que "la tía del fondo es gilipollas".

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