jueves, 19 de junio de 2014

Historia sobre nada. Tercera parte.



     El otro día, durante una comida, mi mujer le recriminó a un colega que no compartiese nuestros blogs en Facebook.
     -Yo no comparto nada en Facebook. -repuso él muy digno.
     -Ni cuelgas cosas tuyas. -apunté yo.
     -¿Entonces para qué coño quieres Facebook? -inquirió Ana.
     Él sonrió y giró levemente las palmas de las manos hacia arriba, como si la respuesta fuese evidente.
     -Joder, para lo que todo el mundo, para cotillear.
     Esta conversación no hubiese dejado de ser una simple anécdota de una comida más o menos regada con vino, si no fuese porque esa misma semana, hablando durante el recreo con mi jefe de departamento, le comenté extrañado que mis posts más populares eran las Historias sobre nada (1 y 2).
     -Ya. Y, si contases tus intimidades, arrasarías.
     Esto y el Facebook para cotillear de mi amigo me hicieron reflexionar. Hay algo en la naturaleza humana que nos hace sentir una irresistible curiosidad por la vida de nuestros semejantes. El capitalismo, que tiende a convertir cualquier cosa en negocio, desarrolló toda una industria alrededor de esta actividad. Hay montones de revistas que nos informan de la vida de la gente ilustre y, si no tenemos el morro tan fino, hay cadenas televisivas que llenan toda su parrilla con las intimidades de famosillos de medio pelo. Pero esta forma de cotilleo, aunque no es despreciable, no acaba de llenarnos plenamente. A fin de cuentas, lo que mola es rajar de gente que conocemos. El verdadero chismorreo es personal. Hablar de la princesa Letizia o Belén Esteban no deja de ser criticar un poco en abstracto. Hasta hace nada, el
Famosillos de medio pelo
espacio donde se desarrollaba el cotilleo personal eran las porterías y las peluquerías de señoras, donde había sujetos casi profesionalizados en el tema. Pero el tiempo pasó y las porterías fueron sustituidas por telefonillos y la vida en las urbes se despersonalizó hasta el punto de que ya ni siquiera conocemos a nuestra peluquera. Parecía como si una manifestación humana tan importante hubiese sido aplastada por la implacable
Subnormal
rueda de los cambios sociales. Pero entonces vinieron al rescate las nuevas tecnologías. Facebook, blogs y Twitter crearon un espacio virtual en el que convergían nuestra necesidad de enterarnos de la vida de los demás y el narcisismo de una sociedad vuelta hacia sí misma.

     Y así comienza esta Tercera Historia sobre nada, una oportunidad para que me critiquéis y para que yo me exhiba como un pavo real.




     Es Sábado por la mañana. Estoy tumbado en la cama con los ojos abiertos. Es temprano, las nueve o así. Ana duerme plácidamente a mi lado. Observo un rato cómo la sábana sube y baja al ritmo de su respiración. Después me levanto lentamente con mucho cuidado de no hacer ruido. Echo una meada larga, de esas en las que notas que se deshincha la vejiga como un balón. Luego voy al salón. Me tumbo en el sofá y leo durante horas Warlock, la maravillosa novela de Oakley Hall. No pongo la radio, no voy a la cocina y ni siquiera me levanto del sofá. Nada que pueda interrumpir el sereno sueño de mi mujer.
     Cuatro horas después, sobre la una de la tarde, veo a Ana andando despacito por el pasillo. Lleva los ojos entornados para protegerlos de la luz. Adoro esta costumbre de marquesa de no levantarse nunca antes del mediodía y su odio inveterado al empleado municipal que sopla por la mañana las hojas del jardín de abajo, a las campanas de la iglesia de enfrente y a los hijos de los vecinos y sus ruidosos juegos matinales. Entra en el salón y se sienta a mi lado en el sofá.
     -Buenos días. -dice.
     -Hemos quedado con J y U para comer. -digo.
     Ana bosteza y dice sí.
    -Hoy es el cumpleaños de J. -dice Ana.
    -Oh. -digo yo.
    -Habrá que comprarle algo. -dice ella.
    -Oh. -vuelvo a decir yo.
    -¿Se te ocurre algo? -pregunta ella.
    -Según Marcel Mauss los cumpleaños son una supervivencia del tradicional intercambio de dones. El flujo de presentes mantiene la cohesión social...
    -Ya, ya. -me corta Ana, que, recién levantada, no está para que le coloque mi rollo antropológico.
    -En la mayoría de las culturas, se regala algo que el donante poseía y tenía valor para él. Pero aquí eso no estaría bien. No podemos regalarle mi camiseta de Rocky o la tostadora. El capitalismo necesita que consumamos. -me había costado empezar con todos aquellos “oh”, pero ya he cogido carrerilla y no hay quien me pare.
    -Ya, ya. -repite la pobre Ana, abrumada por mi pedantería entusiasta de buena mañana. - Pero ¿se te ocurre algo?
    Yo llevo cuatro horas guardando más silencio que un cartujo. Ahora que tengo alguien que me escucha, estoy lanzado.
    -No sólo está mal visto regalar algo usado. El regalo tampoco puede tener utilidad práctica alguna. No podríamos, por ejemplo, regalarle una caja de leche o un paquete de papel higiénico...
    -Ya... ya...
    -Pero es que la pesadilla de los regalos de cumpleaños no queda ahí. Una figurita de Lladró tampoco vale. Se espera que demostremos con el regalo que conocemos a la persona. Además de inútil, tiene que gustarle...
    -¿Entonces le regalamos un cómic? -resume Ana.
    -Sí.

    Nos duchamos y salimos corriendo camino de la FNAC. En la calle se respira ambientillo futbolero. Hay banderas colgadas de las ventanas y familias enteras paseando con las camisetas blanquiazules del Deportivo. Hoy el Dépor juega un partido trascendental: si gana, subirá a primera división y la ciudad será una fiesta. Por eso hemos quedado con J y U y sus hijos. Pasaremos el día juntos antes de ir al estadio.

Folclore

Casa decorada con familia asomada a la ventana. La señora tiene barriga.

     Damos varias vueltas inútilmente a la planta baja de la FNAC tratando de encontrar los cómics. Al fin, me acerco a una empleada con gafas de pasta y pendiente en la nariz que está agachada colocando libros en una estantería.
    -Perdona. ¿Dónde están los cómics?
    La empleada me fulmina con la mirada.
    -La sección de novela gráfica está al final del pasillo. -dice recalcando mucho las palabras “novela gráfica”, dejando muy claro que soy un paleto que no está al tanto de las últimas tendencias de la subcultura cool. A mí me la suda. Ella es fea y no le digo nada.
    En la sección de “novela gráfica” hay un momento de desazón. Las estanterías están llenas de cientos de tebeos que a Ana y a mí nos parecen exactamente iguales: dibujitos más o menos bien hechos y bocadillos con diálogos.
    -¿Qué hacemos? -pregunta ella.
    Podríamos pedirle consejo a la dependienta cool con las gafas a lo Woody Allen, pero es capaz de recomendarnos una “banda diseñada” sobre una cantante de folk islandés que se ganó la vida tocando por kibbutzs en los años sesenta. Menos mal que, para ocasiones como esta, tengo a mi amigo J, que es como el Señor Lobo de las últimas tendencias. Marco su número en el teléfono móvil y le explico el caso. Diez minutos y veinticinco euros después salimos de la FNAC con un tebeo de boxeo en Israel envuelto en papel de regalo.
    Nos encontramos con J y U y sus hijos en la calle de la Estrella. Hay muchas camisetas del Deportivo y, en general, puede decirse que la ciudad está contenta como en los días de fiesta. Comemos y bebemos cerveza, vino y unos gin-tonics.
    A media tarde, un par de horas antes del partido, tomamos tranquilamente una copa en una terraza delante de casa de J y U mientras los niños juegan a la pelota. Por un extremo de la calle aparece Salomao con un colega. Salomao es un jugador del Deportivo portugués y bajito que está lesionado.
    -Mira, es Salomao. -digo.
    U, como todas las madres, ve la vida a través de los ojos de sus hijos. En lugar de limitarse a asentir y observar con curiosidad a un portugués bajito lesionado, se levanta como si le hubiesen puesto un petardo en el culo. Cualquier oportunidad es buena para convertir una chorrada en un instante inolvidable en la vida de un niño.
    -Niños, niños. Mirad, es Salomao.
   Sus hijos miran al futbolista del Deportivo sin entender. En lo que a ellos respecta, este señor moreno, bajito y un poco feo puede ser Salomao, el Papa u Obama.
    -El jugador del Dépor. -insiste su madre.
R, el mayor, parece relacionar vagamente los datos Deportivo, la camiseta blanquiazul que lleva puesta y jugador y pone cara de curiosidad.
    -Que le firme la camiseta. -se oye una voz por detrás.
    La idea es chachi. Todo el mundo dice “sí, sí, que le firme la camiseta”. U para a Salomao y le dice si puede hacerlo. Salomao acepta y U se pone muy nerviosa. Este momento inolvidable para la vida de sus hijos no va a ser inmortalizado con una simple fotito. Nada más y nada menos que el gran Salomao va a estampar su firma en la camiseta del niño. R, que al principio parecía un poco despistado, se contagia del entusiasmo general, aunque yo creo que sigue sin saber quién es Salomao.
    J entra corriendo en el bar. Salomao y su amigo esperan pacientemente. J vuelve a salir y se dirige a Salomao.
    -No tienen rotulador. Pero puedo subir a casa en un momento. ¿Puedes esperar un minuto?
Diogo Salomao
Salomao sonríe un poco forzado y dice que, si no es mucho, lo hará. J sube corriendo a su casa. Los demás nos quedamos en la terraza, mirándonos sin saber qué decirnos. La situación es un poco incómoda, porque toda una celebridad está haciendo un esfuerzo por nosotros.
    -¿El año que viene dónde vas a jugar? -le pregunto a Salomao por decir algo.
Él sonríe y me contesta que no sabe. No depende de él. La decisión está en manos de Jorge Mendes, su representante.
   -Aquí, aquí. -interviene el amigo.
    Salomao vuelve a sonreír y se encoge de hombros. Luego ya no se nos ocurre nada más y esperamos en silencio, evitando cruzar las miradas. Al fin, cinco minutos después, J aparece con un rotulador indeleble. Salomao firma la camiseta, le damos las gracias y se va. En lo que a mí respecta, esta celebridad portuguesa bajita y un poco fea ha cumplido con las obligaciones de la fama como un campeón.
    R, el hijo mayor, nos enseña todo flipado la firma. Le acaricio el pelo y le digo que mola un montón. Él dice sí y se da un paseo por el bar chuleándose con su camiseta. Camina con los brazos separados del tronco y el culillo hacia atrás, como un gallito de diez años. Me siento un poco emocionado con la felicidad de un niño. Supongo que será el vino.
    Estoy perdido en mis ensoñaciones cuando oigo un griterío que viene del final de la calle.     Salomao y su amigo han tenido la desgracia de cruzarse con una pandilla de veinteañeros, unos auténticos chavs (*). La chavalada, borracha, lo ha reconocido y han hecho piña alrededor de él. Lo agarran y cantan canciones futboleras con voz de subnormal. El bueno de Salomao sonríe con cara de idiota y aguanta el tirón como puede. Alguien lo coge por el hombro y, uno a uno, forman una fila todos abrazados.
    -¡Que vote, que vote, que vote Salomao!
    Salomao da saltitos tímidamente. La chavalada grita enfervorecida. Es increíble lo fácil que es ganarse el favor de la grada. Da igual ser un paquete. Basta con hacerles un poco de caso. Salomao aguanta un poco y luego se disculpa y se va. La afición, agradecidísima por su gesto de humanidad, lo despide con más cánticos hasta que desaparece en la lejanía.
    Nosotros seguimos a lo nuestro hasta la hora de ir al partido.
    Lo que sucede en el estadio es más o menos lo de siempre (Si quieres saber cómo es un partido de fútbol pincha aquí). El partido es una puta mierda, pero cantamos, reímos, nos abrazamos y somos felices. Al final el Deportivo gana por uno a cero y consigue el ascenso. Entonces vienen los festejos en el campo. Todos los jugadores y el cuerpo técnico saltan al césped. En las celebraciones deportivas, como en las bodas, está permitido perder hasta el último rastro de dignidad. Los jugadores se cuelgan bufandas de la cabeza y saltan como si estuviesen bailando. Se tiran a la hierba y hasta hacen un círculo cogidos de la mano y bailan como al corro de la patata. La afición, entregada, reclama al entrenador.
     -¡Corre la banda! ¡Fernando corre la banda! ¡Corre la banda! ¡Fernando corre la banda!
     El entrenador, un anciano de sesenta años, responde dando dos vueltas al campo corriendo como un loco. Los aficionados le tienden la mano, que él choca a medida que va pasando a su lado. Mientras, en el centro del campo, Rudy, un jugador del Dépor negro con rastas, se ha convertido en el rey de la fiesta. Da palmas y salta y le grita a la grada.
    -¿Ese es Rudy? –me pregunta Ana.
    -Creo que sí. –digo yo.
    -¿Pero no lo habían echado por malo a mitad de temporada?
    -Sí.
    -¿Entonces qué hace ahí?
    No tengo ni idea. Supongo que es lo que puede esperarse de alguien a quien apodan Cachipote Rudy.

Fernando Vázquez corriendo por la banda. No está borracho.

    Media hora después salimos del estadio. Las celebraciones se desplazan a la plaza de Cuatro Caminos, donde la ciudad acostumbra a festejar las gestas deportivas. Ana quiere ir. A mí no me apetece mucho, pero sus deseos son órdenes. Cogemos un taxi.
De la celebración en la plaza de Cuatro Caminos no hay mucho que contar. Está atestada de gente y los jugadores dicen cosas con un megáfono a la gente desde una especie de plataforma. Ana y yo damos vueltas y vueltas tratando de acercarnos un poco para ver mejor, pero es imposible. Al final, me dice Ana:
    -Estoy un poco chafada. Fue mucho mejor la última vez que subimos.
    -Ya. Las alegrías que se repiten pierden intensidad.
    Nos vamos a casa y se termina otra Historia sobre nada.

Jugadores en la plataforma.






1 comentario:

  1. Así que una vez devuelto por mantas, Rudy se apuntó a la fiesta...

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