sábado, 24 de mayo de 2014

Vanidades como bolas de nieve. Segunda parte.

Vanidades como bolas de nieve. Segunda parte.







A diferencia del habitual análisis etnográfico centrado en las normas del grupo o en las estructuras sociales, Max Gluckman había coqueteado con el análisis de «situaciones» relativas a personas individuales. Elaborando algo más ese experimento, Víctor Turner, en Schism & Continuity in an African Society (1957), siguió a un solo individuo a través de una serie de «dramas sociales» en los que se desvelaban las manipulaciones personales y comunitarias de las normas y valores. Al énfasis dado por Gluckman y Leach al proceso cultural y al conflicto, se añadía un nuevo elemento: la toma individual de decisiones observada en situaciones de crisis.
Ted Lewellen, Introducción a la antropología política.

La primavera también provoca alergias. Y alguna que otra humillación.
Estoy en casa. Me he tomado unos días libres para hacer los exámenes de la Universidad. Me siento en el escritorio y enciendo el ordenador. Quiero ver el correo electrónico antes de ponerme a estudiar. Hay uno del Instituto. Lo leo un par de veces porque creo no haber entendido bien. La dirección convoca un claustro extraordinario EL JUEVES POR LA TARDE –un claustro es una reunión de todos los profesores que trabajan en el centro-. Único punto del día: posibles acciones de protesta contra la LOMCE. Frunzo el ceño. Esto tiene el sello inconfundible de Berta y su escuadrón subversivo.  
El jueves a primera tengo clase con segundo de bachillerato. Poco antes de terminar se abre la puerta. Es Francisca, la de biología, con una sonrisa cínica.
-Han recogido firmas para convocar el claustro. Pretendían que no pusiésemos notas, pero Manolo -el director- les ha dicho que si eso iba adelante presentaba la dimisión ahora mismo.
Toca el timbre del recreo. Vamos a la sala de profesores a tomar un café. Berta está acariciando su camiseta negra entalladita por la defensa de la enseñanza pública.
-La verdad es que son monísimas. Varias amigas me han preguntado donde las compramos.
Decido pasar del café. Doy una vuelta por el pasillo, asomándome a las clases por si a algún alumno se le ocurriese hacer una gamberrada.
En clase de cuarto B, hay un mural enorme con la palabra "ilusión" decorada con flores.
-¿Quién es el responsable de esto?
Kevin, uno de los macarrillas del instituto, levanta las manos en señal de inocencia.
-No hemos sido nosotros. Ha sido Venancio, el profe de plástica.
El etnógrafo, en su trabajo de campo, no debe interferir en la vida de la tribu. Pero todo tiene un límite.
Para algo tiene que haber servido pasarme haber leído un montón de ensayos sobre gente con costumbres raras. James Scott en Weapons of the Weak  sostiene que los campesinos pobres, lejos de someterse a la aristocracia terrateniente, se resisten al poder por medio del sabotaje de baja intensidad, la pasividad y el chismorreo. Mi labor de zapa empieza en el segundo recreo. Salgo a fumar con Julia, Marta y Pedro. Comento, como quien no quiere la cosa, que no se puede convocar un claustro con fines políticos.
-Es que las fantásticas son unas gilipollas. –dice Julia.
Marta y Pedro están completamente de acuerdo. Yo me siento un poco defraudado porque había esperado algo de resistencia, tener que emplearme un poco.
Me siento con Javi en la sala de ordenadores.
-Vaya coñazo tener que venir hoy por la tarde.
-Yo no pienso venir ni de coña. A mí ese rollo estalinista no me va.
Yo digo “Ah” y sigo cotilleando, chismorreando y malmetiendo.
 A las siete y cuarto, en el claustro, este pequeño drama social alcanza su clímax. La ordenación de la sala de juntas es similar a la de un teatro griego: en el centro está la mesa de los directivos y a su alrededor, como si fuesen unas gradas en semicírculo, las sillas de los profesores. Me siento con Francisca, la de biología, y con otra Francisca de latín que es una pesada y a la que no hago caso. Hay muchos huecos entre los profesores.
                -¿Qué pasa si no hay quorum? -le pregunto a Francisca, la de biología.
                -Que hemos venido aquí para nada.
                Pasan diez minutos.
                -¿Cantos faltan para que haya quorum? -pregunta alguien.
                Manolo, el director, nos cuenta.
                -Cuatro.
                Pasan cinco minutos más. Chismorreo y pasividad, dos estrategias de resistencia al poder. Sin embargo, hay algo extraño. Por más que busco, no veo ni a Berta ni a ninguno de los integrantes de la cuadrilla subversiva. Me pregunto si, despechadas, nos harán este desplante. Entonces se abre la puerta y Berta y sus cinco pistoleros hacen su aparición como en un western de Sergio di Leone. Entran andando lentamente, con sus camisetas negras ondulando al viento. Sólo falta la banda sonora de Enio Morricone, que os adjunto en un enlace para que ambientéis la lectura(*).
                -Bueno. -dice el director- Entonces podemos empezar. Sólo tengo que recordaros que a las ocho y cuarto hay consejo escolar, así que tenemos que terminar a esa hora.
                -el consejo escolar es otra reunión distinta, con los padres, el personal no docente y sólo algunos profesores-
Carlos pide la palabra. Se ha colocado a la izquierda, cerca de David, uno de los tapados de la cuadrilla que en los últimos días nos ha sorprendido por su tesón y energía. Carlos nos suelta una soflama sobre el peligro inminente que corre la educación pública y la necesidad de una respuesta audaz. Luego habla David,y ? y Marga y Venancio y Alberto. Todos nos sueltan su rollo y el evento tiene un airecillo a lo Convención Nacional francesa en cutre, que es lo que pasa cuando la revolución la capitanea Berta y no Robespierre. De todas las intervenciones me quedo con tres:
1. La de David, el tapado que nos ha sorprendido por su tesón y energía.
                -Es que el momento de actuar sobre la macropolítica desde la micropolítica. -la frase no estaría mal si no se notase tanto que la trae preparada de casa.
2. La de Anxo, un gruñón de gallego, cuya intervención no tiene absolutamente nada que ver con la LOMCE. Aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid para echarnos la bronca por no haber secundado la huelga general.
3. La de Venancio. Indiscutiblemente el rey de la fiesta. Sabe que es su momento de gloria, que la palabra “Ilusión” decorada con flores, el numerito de los palos de cartón negro con claveles rojos y todas sus actividades revoltosas no tienen sentido sin este momento en que hay alguien que le escucha. De toda su cháchara que dura más de veinte minutos, rescato dos perlas:
Sobre  las evaluaciones externas:
-¿Pero qué es la evaluación? ¿Qué son las notas? El año pasado compartí una experiencia maravillosa con una compañera de Santiago que estaba trabajando en un programa experimental. Lo importante non son las notas, lo importante es que los chicos sean felices.
Y sobre el significado de este claustro:
-Llamadme ingenuo, pero yo pienso que esto ya sirvió de algo. Estamos todos aquí. -inciso. Venancio no sabe contar. Sólo estamos la mitad más uno porque, si no venimos, nos quitan las horas de asuntos propios-. Estamos todos aquí compartiendo nuestras experiencias docentes, nuestra visión de la educación, y esto es muy bonito. -se sienta emocionado.
                Mientras todo esto pasa, la directiva lo observa todo en silencio. El secretario, que se supone que tiene que tomar nota de todo lo que se diga, está respantingado en la silla sin mover un músculo.
                Ya sólo quedan diez minutos para que comience el consejo escolar y de aquí no ha salido ni una sola propuesta de acción concreta. Nada de cantar Grandola, ni de llenar el instituto de palitos negros. Yo, orgulloso y ufano antropólogo de campo, me vanaglorio de reconocer esta estrategia de resistencia pasiva y me siento un tío la mar de listo. Aparece una cabeza por el hueco de la puerta entreabierta. Es un representante de las ANPAS que quiere saber si hemos terminado. Son las ocho y cuarto, la hora fijada para el consejo escolar. Entonces el director toma la palabra y los acontecimientos se precipitan.
                -Bueno, tenemos que ir terminando. Entonces, recapitulando, parece que todos estamos en contra de las reválidas y de la administración externa de los centros. -Hay un murmullo general de aprobación-. Lo que puedo hacer es llevar a la próxima reunión de directores una queja por parte del claustro del Instituto. ¿Quién está en contra de estas medidas? -Todos levantamos la mano-. Entonces queda aprobado. Gracias y hasta mañana.
                Todo el mundo se levanta. Yo, que estaba demasiado distraído admirándome a mí mismo, no entiendo muy bien lo que acaba de pasar. Me acerco al director y le pregunto qué va a hacer exactamente.
                -Protestar por las reválidas e por la administración externa de los centros.
                -¿En nombre del claustro?
                -Sí.
                A mí, personalmente, las reválidas me importan un pito. Ya puestos a protestar, prefiero hacerlo porque se acaben los programas de ayuda compensatoria a los alumnos con dificultades, porque los directores puedan contratar a dedo o porque se combine la circunscripción única, los resultados académicos y la financiación de los centros, que es lo que, en mi opinión, va a acabar con la enseñanza igualitaria.
-Ya, pero eso siempre pasa en las votaciones. -me dice el director.
Me sonríe y se va.
-¿Qué tal? -me pregunta la Francisca de biología.
                -Mañana, cuando reflexione con más calma, te lo digo. Pero creo que Manolo nos acaba de dar una lección de estrategia política.
Y así es. Lo único por lo que se va a protestar es por las reválidas y la administración externa, que es lo que menoscaba la autoridad de Manolo como director. Y a mí, al etnógrafo chulito que lo observa todo desde la distancia cínica del antropólogo de campo, me han dado una lección de humildad que tardaré en olvidar. Embebido en mi vanidad, encantado de admirarme a mí mismo, olvidé una de las lecciones de James Scott: no conviene contemplar desde un punto de vista romántico las estrategias de resistencia de los desfavorecidos, porque rara vez consiguen algo.






2 comentarios:

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  2. Alejandro Farnesio ha dejado un nuevo comentario en su entrada "Vanidades como bolas de nieve. Segunda parte.":

    De verdad crees que a alguien le interesa la calidad de la educación? Piensa simplemente en tus propios artículos: http://losojosdelvisitante.blogspot.com.es/2014/07/chanchullo.html.
    Yo creo que cuanto más se reclama calidad de la educación menos ganas se tienen de dar clases y a tender a la calidad de las propias clases. Es mi experiencia. Se protesta mucho, pero nos preocupamos poco por los alumnos.

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