viernes, 9 de mayo de 2014

Historia sobre nada. Segunda parte.




Historia sobre nada. Segunda parte.

                En mi primera Historia sobre nada (historia-sobre-nada) me preguntaba a mí mismo qué llevaba a la gente a llevar en las redes sociales una crónica de su vida intrascendente. A contar, por ejemplo, que se habían tomado una cerveza o que su hijo había jugado en el parque. Y me respondía que era una cuestión de pura y simple
Típica foto chorra de Facebook
vanidad. Pero el fenómeno de las redes sociales es mucho más complejo. 
El ser humano es un animal simbólico. Esto quiere decir que está permanentemente emitiendo y descodificando información, no siempre de forma voluntaria. Pongamos, por ejemplo, que entro en el bar y allí, apoyado en la barra, veo a un hombre de mediana edad con una generosa barriga que cae por encima del cinturón. Automáticamente pienso que es uno de esos individuos que han sustituido los placeres de la cama por los de la mesa. Conscientes de este hecho, las personas manipulamos los símbolos para transmitir la idea que queremos que los demás se hagan de nosotros mismos. Si el señor del bar, además de la barriga, se ha engominado el pelo hacia atrás dejando unos coquetones ricitos en la nuca, luce una cazadora Belstaff –de esas que sólo sirven para fardar, porque no abrigan un carallo- y unos Sebago, me está diciendo que es un triunfador de la sociedad neoliberal, esa jungla del todos contra todos en la que se identifica al macho alfa por su habilidad para acumular dinero. Evidentemente, no todo el mundo es un maestro en el arte del manejo de los símbolos. Si el señor de la barriga y la chupa Belstaff cometiese el error de adornar su muñeca con una aparatosa esclava de oro, ya no pensaría que es un triunfador, sino un hortera ostentoso. Facebook, Twitter y, en general, todas las redes sociales son la versión digital de este juego de la comunicación simbólica. Y, si tienen tanto éxito, es porque son susceptibles de una planificación sistemática, es decir, que nos permiten construir nuestra identidad social a nuestro antojo. Colgando cosas que nos gustan nos asociamos a ellas y mandamos el mensaje a los que nos leen de cómo queremos ser. Me imagino el Facebook del hispter de esta foto:
hipster con cara de bobo

                1. La foto de Tate Modern, para que se sepa que son unos tipos con inquietudes culturales. Van a un museo, pero nada del Prado, arte del vetusto stablisment, sino a uno muy moderno y muy molón.
                2. Un enlace a YouTube de un grupo de música de última tendencia. Por supuesto, nada que aparezca ni remotamente en Los Cuarenta Principales. Además de tener inquietudes culturales, tienen un gusto exquisito.
                3.  Algún comentario político de tendencia progresista o una foto de una tienda de tatuajes, algo que demuestre que son open-minded.
                4. Una foto de una botella de vino caro, síntoma de que saben disfrutar de los placeres refinados de la vida.
                5. Alguna referencia a Londres, Nueva York o Berlín para que nos quede claro que son gente cosmopolita, habitantes de la aldea global.
                Y bla… bla… bla… Todo un montón de trampas para que sepáis lo chachis que son.
                Pues yo ahora voy a contar otra historia sobre nada para que os enteréis de que soy un tío chungo.
                El Miércoles por la tarde vuelvo a casa. No hago nada especial. Veo la televisión y bebo vino. El Jueves volvemos a ayudar a L y a M con las obras de su casa. L y M nos están esperando sentados en una terraza en la plaza de Azcárraga tomando un café. Ana y yo llegamos sumisos, humildes. En los últimos tiempos esto de ayudar a los amigos empieza a tener un aire a lo peonada en los invernaderos andaluces. L, el patrón, está respantingado en su silla con un cigarrillo entre los dedos. M, consciente de su labor de capataz, ha elaborado una lista con ochenta y cinco cosas que aún quedan por hacer. Ana y yo, la mano de obra barata, sin sindicar ni seguro médico, esperamos anhelantes su decisión. L termina su cigarrillo tranquilamente.
                -Vamos. –dice.
                Ana y yo obedecemos resignados. Tengo un poco de resaca y no me apetece un carallo trabajar. Es primero de Mayo y no me importaría que apareciese Sánchez Gordillo con su gorro de paja, la barba y una holgada camiseta del Che y montase un buen lío. Pero nada. El Dios de los trabajadores no nos manda un arcángel sindicalista.
                En la casa nos repartimos las tareas: Ana y M se encargarán de quitar el barniz viejo de las puertas y matar la carcoma, yo de lijar las paredes del baño y L, como siempre, de fumar, pasear y hacer bocetos en su libreta. Después de tanto tiempo de trabajo han surgido ciertas tiranteces. De escaqueo he estado cotilleando en sus libretas y sólo he visto dibujitos y cuentas matemáticas. No he reconocido en ninguno de esos dibujos nada que hayamos hecho por la casa y no creo que haga falta hacer complicados cálculos matemáticos para hacer mortero -dos partes de arena por cada una de cemento; hasta yo puedo hacer esas cuentas de memoria-. Sospecho que todo ese numerito forma parte de un rebuscado plan para safarse de currar, pero no digo nada porque no me atrevo. Subo las escaleras hasta el segundo piso.
                -La pared del baño no va a llevar azulejos. Hay que dejarla muy lisa para que fije bien la pintura plástica. Tienes las lijas arriba. –me ha dicho M con su voz de profesional de la construcción.
                Cojo las lijas y entro en el baño. Las lijas son unos papelitos finos y las paredes que hay que lijar son de hormigón. Miro la pared y miro los tristes cartoncitos que tengo en la mano.
Debe haber algún error. Bajo otra vez las escaleras.
                -M, ¿son estás las lijas para la pared del baño? –pregunto humilde.
                -Sí, -repone ella- Hay que darle fuerte.
                Obedezco sin decir ni mu. Paso seis horas tratando de alisar cuatro paredes y un techo de hormigón. El papelillo de la lija se deshace una y otra vez, me lastimo las manos contra el hormigón rasposo, se me levanta la piel de los dedos y me salen unas ampollas sanguinolentas. El aire está lleno de un polvo fino que me molesta muchísimo en los ojos. Pero mi fuerza de trabajo no decae. Me mueve el deseo de venganza. Cuando la casa esté terminada pienso cagar en ese baño y no voy a usar la escobilla para limpiar.
                Por la noche volvemos a casa sucios y cansados.
                El patrón nos da libre el Viernes por la mañana. Se ha quedado sin material. No vamos Ana y yo a comprarlo porque L no se fía de que sepamos interpretar una lista de la compra. Mi mujer y yo aprovechamos para llevar el ordenador a arreglar. A la vuelta conduzco yo. Al llegar a la plaza de Pontevedra hay un atasco que nos tiene quince minutos parados. Me pregunto qué demonios pasará, hasta que, a lo lejos, veo las luces azules de un control policial. Avanzamos un poco y, justo cuando íbamos a dejar el control atrás, se pone el semáforo en rojo. Un antidisturbios se pasea con aire chulesco entre los coches. Al pasar a nuestro lado, da unos golpecitos con los nudillos en la ventanilla. La bajo.
                -Sitúese detrás de la furgoneta. –dice.
                Obedezco. Allí, en la furgoneta que parece una tanqueta, nos espera otro antidisturbios con una ametralladora en las manos.
                -Saque las llaves del contacto. –me ordena.
                Se las doy y él las pone por fuera, en el limpiaparabrisas. Me pregunto si les enseñarán en la academia a poner esa cara de perro o si sólo me odia por ser guapo.
                 -Documentación. –ladra.
                Le doy mi DNI, el de Ana y los papeles del coche. Él se los pasa a un compañero en la furgoneta y vuelve hasta nosotros.
                -Salgan del coche. –dice.
                No nos queda otra que obedecer, aunque los modales de portero de discoteca de este orangután me empiezan a tocar los cojones. Se pone a revolver dentro del coche. No estoy nervioso. Sólo estoy molesto. No es el caso, pero podríamos llevar unas fotos picantonas mías y de Ana en la guantera y no entiendo por qué esté matón tendría derecho a verlas sólo porque le da la gana. Sólo hay que ver la cara de pánfilo que tengo para darse cuenta de que no soy ni un terrorista ni un narcotraficante. Pero no importa. No se trata de detener delincuentes. Todo este rollo del control no es más que un espectáculo para que Ana y yo y todos los ciudadanos que nos observan con curiosidad sintamos la presencia policial. Entonces es cuando decido publicar en este blog la tercera entrega de la Tetralogía de los parias urbanos, en la que Loïc Wacquant explica el modo en que el estado del bienestar ha sido sustituido por el estado penal (Loïc Wacquant). Ya que no puedo mandarlo a la mierda, por lo menos puedo criticarlo por internet.
                -Abra el maletero. –me dice el antidisturbios de la metralleta.
                Lo hago.
                -¿Quiere que lo vacíe? –pregunto.
                -No. Quiero que se quede ahí. –repone él en un alarde de educación y buenas maneras.
                Revuelve en el maletero. Por supuesto no encuentra nada. Entonces es el momento de los interrogatorios. Nos separan a Ana y a mí. El antidisturbios me hace una serie de preguntas idiotas sobre mi vida, como si vivo en Coruña, dónde, a qué me dedico y lo mismo sobre Ana. Contesto todo al punto. Él gruñe y se va hasta donde está Ana. La veo contestar a todo con una sonrisa encantadora. Luego me enteraré de que le está haciendo exactamente las mismas que a mí, sólo con la intención de cogernos en alguna contradicción.
                -Aguarden en el coche. –nos dice al fin.
                Esperamos un buen rato hasta que vuelve con nuestros carnets de identidad y la documentación del coche.
                -Está todo en orden. Pueden irse.
                Es un detalle que sólo nos hayan tenido allí treinta y cinco minutos, delante de varias decenas de viandantes que nos han estado observando, convencidos de que, si éramos objeto de atención policial, era porque somos unos facinerosos. Pero tampoco le vamos a pedir sensibilidad a los cuerpos de seguridad del estado.
              
                 
Control policial bajada de internet. Cualquiera le intentaba sacar una foto al mío. Con la misma me juzgan por la ley antiterrorista.

        Por la tarde volvemos al tajo en casa de L y M. El Sábado vamos a Lugo a ver al Deportivo y allí pasan cosas que no se pueden contar. Fin.
               

2 comentarios:

  1. Aquí tienes un ejemplo de lo dicho
    http://modernadepueblo.com/el-cooltureta/

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  2. Debe de haber un modo legítimo para hacerles sentir idiotas usando el sentido común, sin provocarles pero sin dar tregua, no sé. Tal vez llevando encima un cultivo de heces de gato o de huevos podridos en un misterioso bote en la guantera para que se entretengan malgastando fondos públicos en una investigación absurda. Ya me lo puedo imaginar, al opulento agente interesado en averiguar que hay en ese misterioso bote que le podría suponer un ascenso, ignorando la realidad más racional. -Oh! Disculpe agente no me acordaba! Es para que el veterinario diagnostique que le pasa al mi gato -.

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