viernes, 25 de abril de 2014

Vanidades como bolas de nieve. Primera parte.



            Ya es primavera. Sale el sol, florecen los almendros, los ríos bajan rebosantes del agua derretida de las cumbres y los adolescentes se entregan a los primeros flirteos amorosos. Todo rezuma este alegre resurgir de la vida.
Es lunes por la tarde, más o menos las 6:30. El director del Instituto ha convocado a los profesores en el salón de actos. Es una reunión ordinaria, de esas en las que el secretario lee lo que se ha dicho en la reunión anterior, el jefe de estudios anticipa el calendario de exámenes de la tercera evaluación y el resto de profesores, sentados en semicírculo frente a ellos, los ignoran disimuladamente. Todo transcurre según el guión previsto hasta las 7:30. El director ha comunicado el presupuesto del Centro para el año siguiente y se dispone a dar por finalizada la reunión.
-Bueno, si no hay nada más… -dice.
Los profesores comienzan a levantarse, pero Berta, una de historia, alza la voz.
-Yo quería hablaros de una experiencia educativa de nuestros compañeros de …
Junto a Berta se levanta Marta, una de francés. Han venido coordinadas. Mientras Marta reparte unas octavillas, Berta cuenta que los profesores de … han decidido que todos los viernes de aquí a fin de curso irán vestidos completamente de negro y que durante el segundo recreo saldrán del Instituto como forma de protesta simbólica contra los ajustes del gobierno en materia educativa. Algunos profesores les hacen caso, otros no, y, mientras todo esto tiene lugar, K habla de fútbol con un vejete de 70 años que lleva dando clase desde el seminario y con Javier, un calvo de biología.
Ese día no pasa nada más.
Lo que resta de semana Berta y Marta están muy activas. Durante los recreos, en los cambios de clase, en los pasillos y en la sala de profesores le cuentan a todo el que quiera escucharlas los graves peligros que corre la educación pública. Es el momento, dicen, de las movilizaciones.
Para sorpresa de K, bastantes profesores se les unen. Poco a poco, casi sin que se dé cuenta, el entusiasmo revolucionario se va adueñando de la sala de profesores. Hay pequeños cenáculos junto a los ordenadores donde imprimen hojas informativas que les mandarán a los padres de los alumnos. Debaten sobre ellas, reflexionan sobre la idoneidad de una frase y se dan la razón unos a otros.  Una tarde, al encontrarse K con un compañero por la calle, este no le dijo “hola”, sino “el viernes todos de negro”.
Por fin, el viernes, durante el segundo recreo, treinta profesores abandonan el Instituto y hacen una cadena humana en la puerta. Hay algunos que hasta se cuelgan cartelitos reivindicativos del cuello. En la fachada del instituto se coloca una pancarta que reza “Educación pública para tod@s” y en la que alguien ha añadido la palabra “Galicia” con letra hecha a mano.
Durante los próximos días Berta y Marta se multiplican. Hablan con los alumnos, tratan de involucrar a la directiva en sus actividades agitadoras y preparan nuevos movimientos. El ambiente es una mezcla entre la revolución rusa y organizar un cumpleaños. La ropa de luto y la cadena humana habrán de repetirse todos los viernes, el zaguán del instituto amanece con varios postes negros a modo de bosque y se encierran en el instituto de nueve a doce de la noche con algunos alumnos. A este respecto sería muy interesante hablar de la actitud de Venancio, el profesor de plástica. Tiene en torno a cuarenta años y es su primer año en el centro. Lleva chaleco y tirantes y el mes pasado llevó a su hija recién nacida y a la madre de esta niña al instituto para que las conociesen sus compañeros y sus alumnos. A última hora, cuando Begoña, una señora de sesenta y cinco años que da clase de lengua, le preguntó si aquella era su mujer, Venancio, un poco molesto contestó:
-Mi compañera.
Begoña, que es vieja, pero es educada, dijo:
-Ah, ah. Lo siento. ¿Y la niña es vuestra hija?
-No es de nuestra propiedad.
Begoña, la pobre vieja pero educada profesora de lengua, se quedó un poco sorprendida porque nunca había pensado lo lejos que podía llegar el lenguaje para configurar una realidad injusta.
Venancio es el responsable del bosque de palos negros que hay en la entrada. Los ha hecho con cartulina y, un tanto insatisfecho con la simplicidad del cartón doblado y pegado con celofán, los ha decorado con unos claveles rojos hechos con papel cebolla. Los claveles son un guiño al país vecino, porque este viernes es el aniversario de la Revolución de los Claveles. Por eso, durante el recreo, Berta, Marta, Venancio y otros muchos profesores más bajarán a la puerta y cantarán todos juntos Grandola, como acto supremo de protesta. A modo de calentamiento previo, Venancio ha repartido un clavel de esos de papel cebolla por alumno.  
En cualquier caso, sería injusto afirmar que todo el claustro de profesores participa tan activamente en la lucha antisistema. Muchos, bien porque carecen de don de gentes, bien porque no quieren enemistarse con sus compañeros, se dejan llevar. Otros como Pedro, reconocido votante del Partido Popular, se mofa abiertamente, y Begoña, la señora vieja pero educada de lengua que le guarda cierto rencor a Venancio por su intransigencia lingüística, dice que son unos pesados y que no hay quien entre por la puerta con tanto palito de cartón.
Y así acaba esta historia -por ahora -. No he hecho ningún comentario despectivo sobre mis compañeras e incluso cuando he hablado de mí me he referido a una K en tercera persona que hablaba de fútbol mientras se fraguaba esta conspiración jacobina. Ha sido un ejercicio sano de contención, y creo que ya puedo volver a ser yo, y no una K en tercera persona que lo contempla todo desde la comodidad de la distancia.
Vuelvo a casa dando un paseo. Los árboles de la avenida ya están floreciendo. Dos de mis alumnos de cuarto se besan sentados en un banco. Al pasar junto a ellos, me sonríen y me saludan agitando las manos. Respondo y sigo mi camino disfrutando del sol primaveral que me calienta la cara. Me pregunto qué harán mis compañeros mañana. ¿Un recital de poesía comprometida? ¿una canción de Quilapayún tal vez? Fue un invierno largo, pero la primavera ya ha llegado, incluso al claustro de profesores del Instituto.


p.d. Temo que interpretéis este pequeño retazo de realidad como un desprecio hacia la izquierda política. Como a mis compañeros, me preocupa el futuro de la educación, y los seis millones doscientos mil parados, y la precarización de las condiciones de trabajo y un larguísimo etcétera. Pero dudo mucho que los directivos de las grandes corporaciones trasnacionales cambien de actitud al ver a mis compañeros pasear de la mano vestidos de negro o cantar Grandola con un clavel de papel cebolla prendido de la solapa. Lo veo difícil, y lo que más me sorprende es lo en serio que se toman a sí mismos y su propia actividad, cuando hasta los discursos contestatarios de ciertos intelectuales como Bauman, Sennett o Ritzer –ellos Wyoming- se han convertido en un producto que venderle a los sectores de población descontentos con el sistema.

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