miércoles, 16 de abril de 2014

Historia sobre nada, Primera parte.

Historia sobre nada. Primera parte.

         No tengo Facebook, ni Twitter, pero a veces le echo un vistazo al de mi mujer y me alucina las cosas que cuelga la gente. No porque sean contenidos extravagantes o inquietantes, sino por todo lo contrario, por su total y absoluta trivialidad. Algunos ponen un enlace a algo que les gusta, una canción o un video de Youtube. Otros cuelgan cuadros con reivindicaciones políticas, generalmente criticando el sistema. Y luego están los que usan estas redes sociales para hacer una crónica de su vida diaria. Sacan, por ejemplo, una foto a un vaso de cerveza en una mesa de una terraza y añaden una leyenda como “Aquí, tomando unas cañitas después de trabajar”. De todos estos cronistas de una existencia intrascendente, mis preferidos son los padres que cuelgan una foto o un video de su hijo haciendo cualquier chorrada. Los que abren una cuenta a nombre de su hijo recién nacido y escriben cosas como si fuese el niño el que habla son lo mejor. De Twitter habría mucho que decir. Hay que encerrar un pensamiento en 140 caracteres. La gente siente que tiene que ponerse profunda y sueltan frases que les suenan bien, pero que yo creo que ni ellos mismos saben muy bien qué significan.  
                Cuando uno cuenta algo es porque supone que puede interesarle a los demás. Yo podría entender que refiriesen algo realmente inquietante. No sé, que sacasen una foto de un vaso con un líquido amarillo y la leyenda “Aquí, bebiendo un vaso de pis después de trabajar”, y que de verdad, al acabar la jornada laboral, se bebiesen los meos. Y, si son de otro, mejor. También podría entender a alguien que nos cuenta que su hijo se come la hierba del parque. Sí resultaría curioso ver al niño a cuatro patas pastando como una vaca. Pero me pregunto qué lleva a la gente a pensar que puede interesarnos que está tomando una cerveza después de trabajar o que ha pasado la tarde con su hijo en el parque como hacen millones de personas en el mundo cada día. Y la única respuesta que se me ocurre es que son lo suficientemente vanidosos como para considerar que su vida anodina es digna de una novela.
                Pues bien. Si la gente lo hace en Facebook o Twitter, yo también puedo hacerlo en mi blog cuando no se me ocurre nada que contar.
               
                El sábado nos levantamos pronto. L y M están haciendo obras en casa y Ana y yo los ayudamos. Llevamos más de un mes haciéndolo. Paso la semana fuera trabajando y los fines de semana, cuando vuelvo a casa, me encierro en el tríplex de mis amigos a currar duro como albañil. Una mirada irreflexiva sobre este hecho podría hacer pensar que Ana y yo somos unas personas maravillosas, altruistas que sacrifican el poco tiempo que pueden pasar juntos sólo para ayudar a unos amigos. Pero no es nada de eso. El trabajo duro de albañil agota físicamente y eso te relaja y hace que duermas bien. Además, mortifica y me permite, al final del día, beber mucho vino y cerveza sin la sensación de ser un parásito, un perdido. Y, por si todo eso no fuese suficiente, uno siente que está haciendo algo bueno por unos amigos y eso siempre reconforta el ego. Supongo que será una sensación parecida a la que experimentan los que tienen hijos, que se sienten útiles, como si las dieciséis horas de ese día tuviesen un sentido. Así que debo dejar claro que no hay nada de altruista en el hecho de que Ana y yo ayudemos a unos amigos, sino todo lo contrario. Es un ejercicio de egoísmo máximo. Al menos por mi parte.
                Me tomo la pastilla del tiroides y hago unos ejercicios para la ciática mientras Ana inspecciona la casa de arriba abajo armada con un spray antibichos. Unos pequeños insectos suben desde el jardín de enfrente y anidan en nuestras alfombras y armarios. Creo que se llaman escarabajos de la alfombra o algo así. A mí no me molestan nada, pero Ana les ha declarado una guerra sin cuartel que ya va para ocho meses. Cuando cumplimos cada uno con nuestras neuras personales, nos ponemos la ropa de trabajo y nos vamos a casa de L y M.
                L está en la planta baja, haciendo bocetos de lo que quiere hacer. M está en la planta de arriba lijando las ventanas. En este punto debería señalar que L y M son arquitecto y aparejadora, respectivamente, y que cada uno ejerce su profesión también en la vida personal. L se pasa el tiempo haciendo dibujitos en una libreta de cosas que va a hacer. M, cuando L ha terminado tal o cual proyecto, baja de la planta alta y le dice que deshaga toda esa chapuza porque no puede ponerse una encimera de cocina fija sobre una arqueta. L, como Gaudí, es un soñador de proyectos imposibles. M es una mentalidad práctica que no piensa vivir rodeada de aguas fecales. Me uno a L en la planta baja y Ana sube a ayudar a M. El trabajo de hoy consiste en hacer una solera para el suelo del baño. Hacemos mortero y doblamos la espalda para fijar el suelo del baño. Todo está lleno de un polvillo fino asqueroso que, de noche, me hará toser con cosas grises en los mocos. A L esto no le importa nada. No he conocido a nadie jamás que le guste tanto fumar como a él. Pese a que el ambiente es irrespirable, enciende un cigarrillo detrás de otro.
                A las cuatro paramos para comer. L ha comprado fiambre y una botella de vino, que tiene en su estudio, a unas dos calles más allá. Comemos y, al terminar, L dice que le da mucha pereza volver al chollo después del vinito. Entonces M, que es adicta al café, propone ir a tomar uno al bar de Carmen. A todos nos parece bien.
                Nos sentamos en la terraza del bar de Carmen. Aunque yo insisto en que me haga el café clarito, me he metido rayas de Speed que me han puesto menos nervioso. Saludo a algunos colegas del barrio y volvemos al tajo.
                A las siete Ana y yo nos vamos a duchar. Hoy, a las ocho y media, Faemino y Cansado traen su espectáculo cómico al Teatro Colón y tenemos entradas. Llegamos pronto porque quiero tomarme unas cervezas en la cafetería del teatro que me ayuden a bajar el colocón del café. Le entrego las entradas a una azafata y pasamos el torno.
                -El segundo piso a la izquierda. –nos dice.
                Comienzo a subir las escaleras, pero, a mitad de camino, recuerdo que tengo algo que hacer.
                -Perdona. ¿Dónde está la cafetería? –le pregunto a la azafata.
                Ella pone una cara de pena horrible, como si se le hubiese muerto el perro. Todo falso, por supuesto.
                -Lo siento. No tenemos cafetería.
                Es como si me hubiese tirado una mierda a la cara.
                -Pero tenemos una máquina de agua. –dice.
                Es evidente que para ser azafata no piden el graduado escolar. Ni siquiera el de la E.S.O.
                Ana me coge del codo.
                -Venga, vamos. –me dice.
                Subo las escaleras refunfuñando.
                -Que beba agua… Que beba agua su puta madre….
                -Ya… ya… -dice Ana.
                Nos sentamos en la platea. Poco a poco van llegando el resto de los espectadores. Mire a dónde mire sólo veo barbitas de diez días, tatuajes, pantalones pitillo, pelos estudiadamente despeinados y zapatillas vintage. Por lo que se ve, Faemino y Cansado están de moda entre los hipsters. Verlos a debe ser una de las cosas superchachis que hay que hacer para estar en la onda.
                -Mira cuánto modernillo. –le digo a Ana.
                -Como tú. –me contesta.
                Su comentario me jode un poco, pero en el fondo tiene razón. Tomo nota de que debo cambiar de vestuario.
                Mientras no empieza la función, suena música por los altavoces. No es música indie, ni la última tendencia de techno progresivo en Detroit, pero a la gente que hay a nuestro alrededor no parece importarle, porque todos, repito, absolutamente todos, están concentrados en sus teléfonos móviles, mandando whatsapps e informando vía Twitter y Facebook a todo el que conozcan de que están en el Teatro Colón, en la función de Faemino y Cansado del Sábado. Nadie se hace un selfie, porque eso es cosa de adolescentes, no de tipos muy cools de la última provincia del peor país de Europa. Entonces es cuando se me ocurre la idea de este post.
                Al fin empieza la función. El espectáculo es tan bueno que hace que me olvide de todo salvo de reír. Cansado, como siempre, lleva el peso de la narración. Faemino hace una interpretación casi de clown. Me sorprende lo bien que domina el lenguaje corporal. La pareja está perfectamente compenetrada. Nos descojonamos de la risa y la hora y media pasa sin que nos demos cuenta.
                A la salida, Ana me dice que tiene que ir al servicio. La acompaño hasta la puerta y la espero fuera con su abrigo. Oigo voces dentro y, poco después, sale Ana. Está a mitad de camino entre la indignación y la carcajada. Los tabiques entre los retretes son transparentes. No la entiendo bien.
                -Que entre wáter y wáter hay una pared de cristal. –me explica.
                -¿Y la gente te ve?
                -Sí.
                Meneo la cabeza. Tal vez la idea esté muy bien para evitar que unos desalmados esnifen cocaína, pero no sé si me apetecería que me viesen haciendo un uso estándar del retrete –cagando por ejemplo-.
                Nos volvemos a casa. Saludo a un par de personas por la calle y vemos un rato la televisión hasta que nos entra sueño.

                Fin de la historia sobre nada.


El escenario en el que actuaron Faemino y Cansado. No cuelgo una foto suya porque a lo mejor la SGAE se enfada conmigo y Blogger me vuelve a castigar sin blog.

2 comentarios:

  1. Hace tiempo se me ocurrió difundir un vídeo de mi uña descarnada y negra oscilando como si estuviera dando palmas, lo prefiero a publicar un "por hidalgo" de pis pero no lo difundí
    Me hubiera gustado mucho ver como retas a la sgae con una foto de faemino y cansado aunque por otro lado hubiese preferido un selfie de adolescentes en las letrinas con tu vecino in situ enmarronandose con el papel, eso si hubiese estado bien y seguro que hubiese acabado en viral.
    Nota:no mateis escarabajos pues el suicidio no mola nada.
    Saludos.

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  2. Si publicara en mi facebook lo que sugieres sería tachada de "loca" por esta sociedad en la que abundan los "cuerdos"...fue un placer leerte.

    Saludos.

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