viernes, 28 de marzo de 2014

Discurso oculto. Primera parte.

Discurso oculto. Primera parte.




                Hace unos días colgué una reseña de un libro de James Scott donde se sostiene que hay un discurso público que imponen las clases altas y que difunde una imagen idealizada de ellas (James Scott. Discurso oculto.). Dominantes y dominados, en su interacción, se comportan como si se lo creyesen. Sin embargo, esto no es más que teatro. En las bambalinas, cuando dominantes y dominados se sienten a salvo de oídos indiscretos, sale a la luz lo que realmente piensan unos de otros, su discurso oculto. Rencor, odio y desconfianza mutua. Nada de esos autómatas alienados de los que habla la tradición marxista. Lo que me interesa hoy, más que los contrastes entre ambos discursos, son los conflictos que esa dualidad provoca en la vida cotidiana.

                El coche está parado en un atasco. Baja la ventanilla y enciende un cigarrillo. Siempre la misma historia desde hace tres meses, cuando empezó a darle clases particulares a Sergio. Conducir diez minutos hasta la carretera de circunvalación y quedarse allí estancado durante media hora entre los miles de trabajadores que vuelven a sus casas. Mira su reloj y, por entretenerse, calcula cuánto cobra al mes. La cifra es tan ridícula que se pregunta por qué demonios sigue haciéndolo.

                Al fin consigue llegar a la urbanización de las afueras donde vive Sergio. Deja el coche en el parking y llama a la puerta. Conchi, la madre, abre.

                -Hola. –dice él forzando una sonrisa.

                Conchi lo invita a pasar. En el salón, Sergio ve dibujos animados tumbado en el sofá. Se ha quitado las zapatillas. Sus calcetines sucios de adolescente asoman por el brazo del tresillo. Él siente una punzada de asco imaginando el olor acre.

                -Tu profesor ya está aquí. Haz el favor de calzarte y subir a tu habitación. –dice Conchi.

                 Sergio se incorpora haciendo ostentación de desidia. Mientras esperan que obedezca, Él y Conchi intercambian unas palabras. El ritual, que es siempre el mismo, dura unos diez minutos. Conchi, adornada con joyas y ropa cara, empieza comentando algo del colegio de pago de su hijo y luego pasa a hacerle preguntas sobre la familia y a hablar de antepasados ilustres de la suya. Él finge interés y lanza miradas furtivas al reloj de pared, porque Conchi no considera que estos diez minutos formen parte de la hora y media de clase diaria. Ninguno de los dos hace alusión a que hoy es día de cobro. Ella porque siempre se retrasa en el pago; él porque el discurso público sostiene que uno trabaja por amor a la profesión. Acaba la conversación y sube las escaleras aparentando que no le importa el dinero.

                Una vez arriba, trata de explicarle a Sergio los deberes de lengua, de francés y de geografía. No hay nada que hacer. El niño es burro como un sacho. Además, tampoco quiere estudiar, de modo que resolver los ejercicios es una tarea lenta y desesperante. A Conchi sólo plantearle que su hijo repita curso hace que le entren sudores fríos, hasta el extremo de que llegó a llamarle un día las doce y media de la noche angustiada porque el niño había suspendido un examen de Conocimiento del Medio.

                -Pero es que yo sé que es inteligente. Es sólo que le falta motivación. Cuando tenía siete años ganó el concurso de ajedrez de la urbanización.

                Conchi está obsesionada con que su hijo sea ingeniero como su padre. Lo repite una y otra vez y el campeonato de ajedrez le parece una prueba indiscutible de su capacidad. Él cree que lloverán ranas antes de que ese borrico sea ingeniero, pero no dice nada porque se la trae al pairo, del mismo modo que cree que la obsesión de Conchi con la futura profesión de su hijo y su pasión por las genealogías esconden un origen no tan ilustre.

                Está a punto de terminar la clase cuando oye la puerta.

                -Parece que ha llegado alguien. –comenta sin interés.

                Sergio levanta su mirada alelada de la ficha de ejercicios de francés.

                -Es mi hermano. –dice.

                En alguna de esas charlas que su madre no considera que entren dentro del horario laboral, Conchi le ha hablado de un hermano mayor que estudia arquitectura en Barcelona. Espera no cruzárselo por las escaleras al salir. No le apetecen veinte minutos de cháchara de Conchi alardeando de prole. En lo que a él respecta, el día de trabajo ha sido más que suficiente.

                Llegan al final de la clase particular de hora y media sin que Sergio termine los ejercicios de francés. Para que la cosa no se prolongue más de lo necesario, le dicta rápidamente las soluciones y se despide de él. Baja las escaleras tratando de no hacer ruido, con la intención de marcharse con un “Hasta mañana” gritado desde la puerta, pero no tiene suerte. Abajo, en el salón, se da de bruces con Conchi y su hijo mayor.

                -Ay, hola. ¿Conoces a mi hijo Pablo? –dice Conchi.

                Conoce de sobra a Pablo, el hijo mayor de Conchi. Es un pardillo espantoso unos dos o tres años menor que él. Nunca han hablado, pero lo conoce de verlo en pubs y discotecas. Se mueven en el mismo ambiente, pero en divisiones diferentes. El pardillo también lo conoce a él, está seguro de ello. Le tiende la mano.

                -Nos conocemos de vista. –dice.

                Conchi parece contenta por tener a sus dos hijos en casa.

                -Ven, siéntate con nosotros. –dice invitándole con un gesto a que comparta con ellos el tresillo en el que hora y media antes Sergio veía los dibujos.

                El obedece tratando de ocultar su disgusto. Conchi parlotea durante un buen rato, hablando de los amigos de Pablo en Barcelona, todos gente notable. La situación le resulta horriblemente incómoda. No es que sea el rey de la noche, pero, en el ambiente de los jóvenes coruñeses, está muy por encima del pardillo. Con él debería ser el altivo joven un poco alternativo que desafía las normas y se lleva a la chica. Con la madre, sólo puede mostrar el respeto y lealtad servil del asalariado. Trata de conjugar esos dos discursos públicos, pero no se le ocurre ninguna frase lo suficientemente ambigua para contentar a los dos. Pasa el mal trago como puede. Al final, se excusa diciendo que se le está haciendo tarde y se levanta. Le vuelve a chocar la mano al pardillo y le dice que está encantado de haberlo conocido pensando cómo habrá de actuar la próxima vez que se lo encuentre de noche. Ya está abriendo la puerta cuando oye la voz de Conchi.

                -Espera, espera, que me he olvidado de pagarte.

                Conchi coge su bolso de una percha y saca cuatro billetes de cincuenta y dos de veinte, su sueldo por pasar todas las tardes empantanadas dándole clase al memo de Sergio. Coge el dinero, da las gracias y sale de la casa con la paga todavía en la mano. La puerta se cierra tras él. Parado en el rellano, aprieta el puño arrugando los billetes. Se mete en el coche y arranca.

                Conduce de vuelta a casa. Mientras lo hace, fuma uno de esos cigarrillos que se encienden sólo por hacer algo. Tiene la radio puesta, pero no la oye. Humillación, odio y rencor, lo que, según James Scott, mueve antes a la rebelión de los dominados que el reparto injusto de bienes.
               


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