domingo, 16 de marzo de 2014

Cuando la realidad se parece a la ficción. Primera parte.

     Hay tres tipos de turismo :

    a) El turismo de sol y playa, que consiste, básicamente, en ir a algún lugar de costa donde haga mucho calor y pasar los días tomando el sol y emborrachándose en el chiringuito. Es un tipo de turismo muy popular en los países del norte de Europa, donde hace mucho frío y están bastante desinhibidos en el consumo de alcohol.

    b) El turismo de aventura, que consiste en practicar deportes extremos en algún remoto paraje natural. Es muy popular entre montañeros, ecologistas y demás inadaptados a la vida urbana moderna.

    c) El turismo cultural, que consiste en ver cosas de interés cultural. Como no hay una definición clara de qué es el interés cultural, este turismo es una combinación de visitas a museos y edificios de reconocido prestigio artístico, y una búsqueda desesperada de formas de vida distintas a la nuestra. Es una forma de turismo muy popular entre los sectores de la población con aspiraciones intelectuales. Este artículo versa sobre el modo en que la industria del turismo ha transformado estos lugares y el modo en que los percibimos.
    
    Monterroso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore. Cinque Terre, una porción de costa bañada por el mar de Liguria. Cinco pueblos pescadores patrimonio de la humanidad conservados como unos de los más de la Riviera italiana. (Cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/Cinque_Terre)

    Es Agosto. Estamos en Parma en casa de mi hermana. Hace muchísimo calor. Durante el día lo único que uno puede hacer es ver pasar el tiempo tumbado a la sombra. Por la noche bebo mucha cerveza, pero sudo tanto que no me mareo. Ana propone hacer una escapada de dos o tres días. Le pregunto a mi cuñado a dónde podemos ir. Él se toma un tiempo para sopesar la pregunta. Ni soy un inglés beodo ni un neohippie en busca de la armonía con la naturaleza. Sólo soy un profesor de instituto, y no hay nada con más aspiraciones intelectuales que un profesor de instituto.

    -Yo iría a Cinque Terre. –dice.

    Yo me iría a tomar por culo con tal de salir de Parma. Reservamos un apartahotel por Booking.

   Llegamos a la Spezia a media mañana. Por lo que he visto en internet, el apartahotel está a unos diez kilómetros de Riomaggiore, el pueblo más occidental de Cinque Terre, en lo que antaño fue una ladera de vides. Desperdigadas por las terrazas, están las casitas individuales donde se alojan los turistas. Pequeños senderos de grava flanqueados por setos y flores serpentean entre los edificios. Y todo con una impresionante vista al mar abierto. Un lugar idílico para pasar un fin de semana romántico. Conducimos unos veinte minutos por una carretera estrecha.

    -Es ahí, es ahí, es ahí. –dice Ana que ha reconocido un cartel con el nombre de los apartahoteles.

    -¿Dónde está el parking? –pregunto. Porque en internet decía que tenía parking ¿no?

    Al fin, después de dar muchas vueltas, damos con un descampado, unos cien metros carretera arriba, donde alguien ha puesto un palo con un cartel de cartón y una P dibujada a mano.

    -Esto no es exactamente un parking. –digo.

    -Ya. –dice Ana.

    Cargamos la maleta bajo un sol de justicia, casi tan inclemente como el de Parma, y bajamos un tramo de escaleras hasta la recepción, que es una caseta de madera de dos metros de ancho con una puerta desvencijada.

    -Está cerrado. –digo.

    -Ya. –dice Ana.

    -Son las doce del mediodía.

    -Ya.

    Nos sentamos en las escaleras a esperar. El sol me empieza a enrojecer la nuca. No se ve un alma.

    Tres cuartos de hora más tarde oímos el ruido de una scooter y poco después aparece un chaval de unos dieciocho años con un bacenillo en una mano y una bolsa de plástico en la otra.

    -It´s closed. –dice.

    Deberían darle un premio por una observación tan perspicaz.

     -¿Parlé vous français? –pregunta Ana.

    -No. –responde él.

    -¿Y español? –pregunto yo.

    -Sí, sí, claro.

    Resulta que el muchacho del bacenillo y la bolsa de plástico es colombiano. Nos informa de que el jefe ha salido y que no sabe cuándo volverá. Él sólo es el cocinero.

    -¿Y no puedes abrirnos tú? –le pregunto.

   -No tengo llaves. –responde.

   Nos volvemos a sentar en las escaleras. El colombiano desaparece.

    Como una media hora después llega el jefe, un italiano muy atildado que habla español perfectamente.
Nuestro bungalow/galpón
Nos toma los datos y nos indica el camino hacia nuestro bungalow. Para ser sinceros, habría que decir que las fotos que vimos por internet eran un poco generosas. Los senderos no son de grava, los setos están mal cortados y no hay flores. El bungalow no es más que un cobertizo con una ventana y el espacio justo para una cama de cuerpo y medio, una minúscula cocina de gas y el baño, que es lo mejor. Pero nuestro entusiasmo no puede decaer. Somos viajeros en busca de esencias culturales y este apartahotel está en una terraza de vides milenarias con vistas al mar que Boccaccio cita en el
Decameron.


    Dejamos la maleta y volvemos a recepción. El dueño del hotel nos pregunta si tenemos pensado ir a alguno de los pueblos de Cinque Terre. Tengo que morderme la lengua para no contestarle que no, que hemos hecho dos mil kilómetros para sentarnos en su escalerita.

   -Es que el autobús no pasa hasta dentro de hora y media. –dice.

   -Hemos venido en coche. –repongo.

  -Sí, sí, pero… -dice; y nos informa de que los cinco pueblecitos de Cinque Terre tienen prohibido el tránsito rodado. Hay que dejar el coche aparcado a las afueras y recorrer más de un kilómetro andando. Además, hay que pagar un precio abusivo por aparcar y es prácticamente imposible encontrar sitio. Por eso hay que ir a Riomaggiore en un autobús comarcal y allí sacar el bono de un tren de cercanías que mantiene unidos los cinco pueblos. Me cago en mi cuñado y me cago en las aspiraciones intelectuales de los profesores de instituto. Salimos abatidos de la minúscula caseta de la recepción.

    -No pienso pasarme el fin de semana en autobús. –digo.

    -Ya. –dice Ana.

    Tras unos minutos de deliberación, decidimos arriesgarnos con el coche.

    Como pronosticó el dueño del hotel, aparcar cerca de Roimaggiore es imposible. Hay coches amontonados a lo largo de varios kilómetros de una carretera tan empinada que bien podría pasar por un puerto de primera categoría del Giro de Italia. Cada doscientos metros hay una máquina de la hora. Dejamos el coche en el quinto pino y bajamos andando.

    Riomaggiore son cuatro callejas con casas pintadas de colores y una bahía muy pequeñita. Damos una vuelta por el pueblo, observando los edificios, a la gente y la bahía de roca que hay al final. Desde la perspectiva de la industria, Riomaggiore es una auténtica factoría del turismo cultural. Hay miles de turistas, unos paseando, otros sacando fotos y muchos gastando su dinero en las tiendas de souvenirs y en los restaurantes de pescado y marisco.

    -Este pueblo no tiene nada de tradicional tiene. –comento.

    -Ya. –dice Ana, que pasa olímpicamente de mí y hace fotos a las cosas que le gustan.

    -El concepto de turismo cultural ya resulta paradógico en sí mismo. –continúo yo, ya sin hablar con nadie en particular- Porque el turista busca lo tradicional, que es lo que se opone a lo moderno, y el turismo es un fenómeno moderno.

    Ana se detiene ante un edificio con unos arcos en la planta baja. Como en el barrio del Berbés de Vigo, hace años estos soportales se usaban para guardar las barcas de pesca. Hoy en día han sido transformadas en tiendas por el procedimiento de llenarlas de cosas inútiles. Pero el truco funciona, porque hay montones de personas entrando y saliendo con bolsas, convencidísimos de que han encontrado la milenaria Italia rural, y no haciendo una vulgar transacción económica como la que hacen a diario en el supermercado.

Tiendas en soportales
    Espero a que Ana acabe de sacar fotos y bajamos hasta la bahía. Allí, hay varias personas tomando el sol
Barcas que sólo sirven para darse una vuelta.
y bañándose. Me siento a observarlos. Enfrente, en el medio de la bahía, hay unas barcas de madera que antaño fueron de pesca y que hoy sólo sirven para que los jóvenes se den una vuelta. Pienso melancólicamente en el honesto turismo valenciano, con un buen chiringuito, la canción de Georgie Dann y extranjeros borrachos que no tienen que disimular para cogerse un buen pedo y quemarse al sol. Ana me saca una foto.


    Es hora de cenar. Escogemos un poco al azar uno de los restaurantes. Tampoco importa mucho, porque son todos absolutamente iguales: estructuras de madera, cartas con frutti di mare y vino blanco. A nuestro lado, turistas recién duchados disfrutan de la cocina tradicional de Liguria, pescados y mariscos recién traídos del Carrefour. El vino no es muy bueno. Un señor con un sombrero redondo de paja, camiseta de rayas horizontales y fajín rojo nos ameniza la cena con una romanza. Es el momento de que suelte la frase que da título a este artículo.

    -Es curioso cómo la realidad se parece a la ficción. Hace cien años Riomaggiore sería miserable. Ahora, con el tirón del turismo, han montado todo el pueblo para que los visitantes encuentren el sabor tradicional italiano. La pobreza de ayer es el chollo de hoy.

    -Ya. –dice Ana.

    La cuenta es un clavo. No dejamos propina. Volvemos al apartahotel y dormimos.

    Por la mañana echamos cuentas. La factura de la cena ha desbaratado nuestro presupuesto. Decidimos acercarnos a la Spezia, comprar en un supermercado un bocadillo y algo para cocinar en nuestro bungalow de cena. Vamos al súper, dejamos la compra en la nevera y nos vamos a Riomaggiore con nuestros bocadillos. Yo estoy muy contento porque he comprado una botella de cerveza de siete euros y ya me estoy relamiendo pensando en la cena.

    Aparcamos en el quinto pino y bajamos esa cuesta digna del Giro de Italia. Vamos a comprar el bono del tren de cercanías. Me quedo sorprendidísimo cuando veo que la estación del tren es exactamente igual que una estación de metro de Goya. Hay tornos y gente en los andenes esperando que llegue el tren. Entiendo que la industria turística de Cinque Terre tiene que tener infraestructuras para atender a los miles de viajeros, pero esperaba que por lo menos disimularan un poco. Una locomotora de hierro o algo así, no un vagón de metro.

    Decidimos olvidarnos del tren e ir en coche de pueblo en pueblo. No pagaremos un solo ticket de parking. Si hay multa, ya nos arreglaremos cuando nos llegue a España.

    Pasamos el día entero subiendo y bajando cuestas, sudando como pollos, Ana sacando fotos a cosas que le gustan y yo haciendo comentarios de sabiondillo. Manarola, Vernazza, Cornigglia y Monterroso son exactamente iguales que Riomaggiore: si han conseguido colarnos sus casas viejas como producto cultural es porque, en su momento, eran tan pobres que no tenían dinero para hacer algo mejor. En este sentido, el feísmo gallego, con esos horrendos portales de aluminio, ha sido una mala inversión a largo plazo.

Manarola
    De noche volvemos, cenamos en la terraza, pero es de noche y no se ve el mar. La cerveza, pese a los siete euros, es una mierda. No me gustan las cervezas demasiado alcohólicas.

    El Domingo volvemos a Parma y no pasa nada más, salvo que en recepción nos encontramos con una pareja de Toledo que, al reconocer a unos paisanos, nos interceptan para darnos la tabarra. Están emocionadísimos con el hotel que les parece lleno de encanto. Ella está tan impaciente por ir a los pueblecitos de costa que casi se hace pis. Yo no digo nada y Ana dice “ya” y nos despedimos deseándoles una estancia feliz.

    El lunes, en Parma, comienza la verdadera cultura italiana, la de los trabajadores que conducen una hora por una carretera de circunvalación para pasarse ocho o diez horas en la oficina, delante de un ordenador, con una parada a media mañana para tomar un café. Por las tardes van a cafeterías, donde toman un cerveza fría, como hacemos los coruñeses, pero eso, que es exactamente la cultura italiana porque es la forma que tiene de vivir el 90% de los italianos, no tiene interés cultural, no tiene el aroma de lo tradicional. Nadie se haría dos mil kilómetros para ver lo que hace él mismo todo el año y por eso hay que montar una opereta como la de Riomaggiore.

Turistas que necesitan un mapa para orientarse
en un pueblo de veinte casas.
Curro, con un elegante modelo rojo,
 observa a la gente.

    No quiero terminar este artículo en el que reflexiono sobre el modo en que construimos los paisajes en función de lo que esperamos que sean sin hacer referencia a Allariz, ese pueblo de Orense, premio europeo de urbanismo, que es como la Disneylandia del nacionalismo.



    P. D. Si os interesa el tema, podéis leer El viaje imposible de Marc Augé. (http://ebiblioteca.org/?/ver/58351)

No hay comentarios:

Publicar un comentario