domingo, 23 de marzo de 2014

Cuando la realidad se parece a la ficción. Tercera parte.

Cuando la realidad se parece a la ficción. Tercera parte.


     Un amigo me dijo ayer:
     -De eso de los espacios imaginados ya hablaste antes.
     -Sí. -dije yo- Pero era en un correo electrónico que os mandé hace mucho.
     Y me puse a rebuscar en viejos correos y encontré esto:



Fragmento de viaje

El nuevo fin de semana trae un nuevo viaje. El Jueves por la tarde parten hacia Eslovenia. Eslovenia resulta ser un país muy pequeñito en el que, por primera vez en su vida, tiene la sensación de estar en el extranjero. La primera parada es en un pueblo de montaña que vive de la minería y hacen encaje como en Camariñas. La gente habla un idioma absolutamente incomprensible y son como un poco más feos. Ya no hace tanto calor, de modo que los chistes empiezan a venir a su cabeza. Desgraciadamente, no lleva una libreta en la que apuntarlos y muchos se le olvidan. Recuerda vagamente haberse acordado de su amigo X, el nacionalista que le dijo la última noche que lo vio que se había metido en política por amor. La impresión que tiene de Eslovenia es que económicamente va bien. Tienen petróleo, minerales y el ochenta por ciento de los medicamentos genéricos que se venden en Europa se hacen ahí.

Duermen en un hotel en medio de ninguna parte. Por la noche, todos los hombres de la comarca entre los dieciocho y los cien años se acercan al bar de hotel a beber. La situación es un poco inquietante porque no hay mujeres, pero al final no pasa nada y sólo es que la Eslovenia rural todavía es un patriarcado.

Al día siguiente su hermana y su cuñado quieren ir a ver unas cuevas de veinte kilómetros. Si él ya tiene bastantes reparos en subirse a un avión, por nada del mundo se va a meter en una cueva de veinte kilómetros en la que hay cinco grados de temperatura y aún encima hay que pagar veinte euros. Afortunadamente su mujer está de acuerdo y, mientras su cuñado y su hermana se sumergen en las profundidades de la tierra en busca de una apasionante aventura que cuesta veinte euros y que mueve el ochenta por ciento del turismo esloveno, se va a Liubliana con su mujer. La ciudad es bella y deja a su mujer encantada. Él disfruta paseando con ella, por fin con un poco de intimidad. Recogen a su hermana y su cuñado a las tres de la tarde y conducen rumbo a Croacia.

La ciudad que le gusta a su mujer. En realidad tiene poco más que ver que esto, pero para darse un paseo es suficiente.

A simple vista, las diferencias económicas entre Eslovenia y Croacia son abismales. Hacen
Costa croata. No se ve la escalerita.
los primeros kilómetros de Croacia pegados a la costa. El lugar pasa por ser una zona turística y de hecho se ven muchos coches alemanes, holandeses e italianos. Sin embargo, pese a que el reclamo es el sol y el mar, Croacia no tiene ni un metro de playa arenosa. Su oferta se limita a un Mar Adriático de agua templada, temperaturas altas y kilómetros de hormigón en los que, cada quinientos metros, han colocado una especie de escalerilla de piscina para que la gente pueda meterse en el mar. Le entra cierto orgullo estúpido nacionalista al pensar que ningún otro país puede competir con el turismo de sol y playa del levante español.

Poco a poco van abandonando el paisaje de costa y se adentran en las montañas. A medida que la presencia de la Croacia rural es mayor, crecen los testimonios de la guerra que no hace mucho tiempo tuvo lugar allí. En las pequeñas aldehuelas de tres o cuatro casas apenas si no hay una que no tenga en su fachada innumerables balazos y demás huellas de combates. Mujeres totalmente ataviadas de negro que le recuerdan a las campesinas gallegas deambulan por las carreteras y vuelve a acordarse de su amigo X, el nacionalista, porque mucho se teme que una Galicia independiente se asemejaría más a la deprimente Croacia que a la próspera Eslovenia. Le entra una estúpida desazón nacionalista.

Al anochecer, sucios y agotados, llegan a la proximidades del parque nacional de Plitvice. Por los alrededores hay algunos hoteles y muchas casas que los nativos alquilan a los turistas que quieren visitar el parque. Evidentemente, la idea de ir al parque no ha sido suya ni de su mujer, pero es su penitencia por haber sido perezosos a la hora de diseñar el viaje. Dan muchas vueltas tratando de encontrar la casa en la que van a hospedarse. Al fin, agotados, llegan a su alojamiento. Es una casa de dos plantas que unas croatas alquilan a través de Booking. Ellas viven en la planta de abajo y dejan a los huéspedes las habitaciones de arriba. Las tres croatas están sentadas en lo que él supone el jardín, pero no es más que hierba asquerosa mal cortada y una manguera. Son una madre y sus dos hijas, todas descalzas y vestidas de mercadillo. También hay un chucho pequeño y despreciable. Detienen el coche frente a la entrada. Una de las hijas dice algo en croata que él no entiende. La croata lo vuelve a repetir varias veces hasta que cae en la cuenta de que son turistas extranjeros. Entonces dice en inglés que no hay habitaciones. Se abre la puerta del coche y baja su cuñado empleando su flamante inglés de investigador de la Unión Europea. Dice que tienen una reserva. Las croatas dicen que no, que ellas no han reservado nada. Él se caga en la puta, pero a las croatas no parece importarles que sean las nueve de la noche, que no haya un albergue en cien kilómetros y que le duela la ciática horriblemente. Sabe que las croatas mienten, porque ha visto a su hermana reservar la habitación y sabe que le han alquilado las habitaciones al primero que pasó por allí. Su hermana les pregunta qué pueden hacer, pero ellas, bastante altivas, se encogen de hombros como si no fuese su problema. Y éste es el momento de que su cuñado justifique los euros que se gasta la Unión Europea en él. Va al coche y vuelve armado con un Ipad. Lo abre ante los ojos de una de las hijas y le dice que ellos tienen una reserva hecha con Booking. Ante el Ipad la croata reacciona como si la apuntasen con el palo de fuego. Su desdén altivo se esfuma y pierde la seguridad. Pero la ciencia de hombre blanco no ha hecho más que empezar. Su cuñado entra en internet y le enseña la reserva y amenaza con denunciar sus malas prácticas a Booking. En este punto habría que señalar que la única forma que tienen de alquilar las habitaciones en medio de la nada es a través de internet. Booking tiene unas normas muy estrictas y, si les llega una denuncia de que han dejado tirados a cuatro clientes en medio de las montañas croatas con una reserva avalada por ellos, con toda seguridad retirarán ese albergue de su página y a las croatas se les acaba el chollo. Por eso a la croata más joven se le quiebra la voz. Empieza a hablar muy rápido con su madre en croata y les pide cien mil veces disculpas en inglés. Su cuñado, que es buena persona, tampoco quiere humillar al enemigo vencido. Dice que ellos solamente quieren un sitio para dormir. Entonces las croatas empiezan una frenética ronda de llamadas telefónicas hasta que, quince minutos después, dicen que en su casa se puede quedar una pareja y que la otra puede ir a casa de su prima, que también la alquila. La casa de la prima es un poco mejor, pero no deben preocuparse porque les mantienen el mismo precio. A él le molesta un poco la actitud mezquina de las croatas y que, ante el palo de fuego del hombre blanco, haya aparecido de repente una habitación libre en su casa y unas ganas locas de agradar, pero está agotado y quiere descansar. Su cuñado y su hermana se quedan en casa de las croatas y él y su mujer en la de la prima que, efectivamente, es bastante mejor. Se dan una ducha y van a un restaurante del pueblo a cenar. Él quiere comer algo típicamente croata, a sabiendas de que es una actitud típicamente turística, y, en consecuencia, se pide un litro de cerveza croata y una carne que le recomienda la camarera. La cerveza croata no está nada mal, pero la carne resulta ser una especie de croquetillas de carne muy especiada que son una puta mierda. Luego le ofrecen un vaso de snaps y, como ha oído hablar de él en las novelas, accede. La decepción es mayúscula porque el snaps es poco menos que un aguardiente peleón. Se van a dormir.

Por la mañana paga la habitación a la prima. Él y su mujer le ocultan que las otras habían prometido mantener los precios pactados y pagan lo que realmente vale esta casa notablemente mejor y más cara porque la prima ha sido muy amable. Desayunan algo y entran en el parque. El parque es una sucesión de lagos en terrazas y naturaleza salvaje. Todo es muy bonito, pero él está hasta las pelotas del formato caminata y fotos y pararse cada cinco metros porque hay otro japonés que quiere inmortalizar su paso por la Dalmacia con su foto número cinco mil doscientas treinta y siete. No se lo pasa bien y está de notable mal humor. Dejan el parque al mediodía y paran en un restaurante en la carretera. Después de una caminata de cuatro horas está hambriento. Pide cochinillo al horno. La vianda estaría estupenda si no se la hubiesen servido con kétchup, pero consigue apartar la salsa y comerse sólo el cochinillo bien grasiento.
Parque Nacional de Plitvice

Por la tarde llegan a Opatija. Es la única estación que su mujer se ha puesto burra en incluir en el viaje. Opatija es un pueblo de costa para turistas. Él le está muy agradecido por la elección porque pueden meterse en el mar desde las escaleritas y descansar de tanto edificio viejo y paraje natural y fotos. Descansan, se emborracha un poco y se vuelven a Italia al día siguiente.

Opatija. Donde uno puede descansar y acceder al mar desde una plataforma de hormigón.


No hay comentarios:

Publicar un comentario